Parte I. La Naturaleza como base, motor y garante del Bien Común

Nunca antes la humanidad contó con una acumulación de conocimiento como el actual. Este resulta de la suma de milenios de sabiduría tradicional con miles de millones de bytes de creciente conocimiento científico global. Al mismo tiempo, nunca antes esta misma humanidad se ha visto enfrentada a tal nivel de degradación de su entorno, cuyas expresiones más significativas y urgentes –no las únicas- son la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Ambas tienen un impacto directo en el diario vivir y bienestar de las sociedades en cada rincón del globo. Incluyendo nuestro país.

A pesar de ello, decisiones sustanciales como la redacción de una nueva constitución parecen que tuvieran lugar en planetas imaginarios, desnudos de
todo tipo de saber: común o científico. Tales decisiones parecieran ser tomadas desde la estratósfera, ciegas al entendimiento minucioso de las complejidades que derivan de aquella degradación ambiental, y a los problemas surgen de ellas a la que se ven enfrentadas las personas de carne y hueso, día tras día, en sus agostados territorios. Algunos ciudadanos, en particular no pocos de la esfera política y otros tantos al interior de la propia comunidad científica, tienen dificultades para aprehender y entender las relaciones existentes entre una constitución y ese saber acumulativo.

¿Abre la discusión en torno a ese nuevo documento magno que la sociedad reclama para regular su orden y funcionamiento social y jurídico -más acorde con los tiempos y el futuro- la oportunidad de incorporar el conocimiento acumulado del mundo socio-ecológico en que vivimos? ¿Puede este proceso constitucional conectarse con el sentido común, que nace de la experiencia del vivir diario de millones de personas a lo largo de nuestro país?

Las primeras líneas de la constitución de 1980 indican que “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad”. Tal frase es sólo la expresión de un anhelo sin sustento en la realidad biológica de nuestro planeta. Pues las sociedades – así, en plural- son parte indisoluble del binomio inseparable que conforman los humanos y la naturaleza.

La biodiversidad, otra definición de esa naturaleza, es la única base material que permite y sobre la que se sostiene la vida humana y, por ende, cada una de sus manifestaciones, sea ella social, cultural, y por supuesto económica. Esto incluye ciertamente aquellas formaciones grupales que llamamos familias, las que tal como cualquier otro componente de la naturaleza son una respuesta a largas, complejas y variadas condiciones en las que se ha ido desarrollando y adecuando la vida humana en un proceso continuo, activo hasta el día de hoy.

Así pues, los humanos son sólo un componente/eslabón del sistema ecológicoevolutivo de nuestro planeta Tierra. Al decir humanos, hablamos de una especie más entre los 10 a 30 millones de otras especies1 que están presentes en cada bioma o ecosistema existente en cada rincón del globo: mares, lagos, ríos, riachuelos, océanos, estepas, bosques, humedales, fosas oceánicas, cumbres altoandinas, salares, y muchos otros. Cada uno de ellos son ecosistemas más o menos diversos, altamente complejos, idiosincráticos, compuestos por especies que son el producto de historias evolutivas muy antiguas, únicas e irrepetibles.

En dichas tramas ecológicas se anidan –muy recientemente desde una perspectiva evolutiva- los grupos humanos y sus sociedades. Como buenos ingenieros ecosistémicos, nuestra especie ha sido capaz de modificar estos espacios naturales, creando nuevos hábitats para sí misma: ciudades, cultivos, plantaciones, estepas ganaderas, parcelas de agrado, entre muchas otras. Cada uno de ellos depende finalmente de la naturaleza, y a la vez alberga parte importante de ella. Constituyen en realidad espacios compartidos por una diversidad de especies en las que, en su conjunto, tal como sucede en los espacios naturales, se realizan los procesos ecológicos que permiten y alimentan la existencia humana y su bienestar

La biodiversidad presenta dos características relevantes que son propias a toda la naturaleza: diversidad y complejidad. Como sociedad estamos familiarizados con un pequeño puñado de especies: unos pocos mamíferos, algunas aves, insectos, otras tantas plantas. Excepcionalmente conocemos algunos microorganismos, quizá porque enfermamos alguna vez por su causa, como sucede ahora con el coronavirus. Pero la abismante mayoría de las especies que componen el entramado de la vida, y que sostienen a las poblaciones humanas, permanece invisible al ojo de nuestras sociedades. Estas especies sin embargo, conforman un andamiaje ecológico que permite mantener los procesos fundamentales para la existencia humana, aportando a nuestro bienestar a través de la producción primaria y secundaria de bienes2.

De allí nacen nuestros alimentos por ejemplo, obtenidos de ecosistemas terrestres, marinos y acuáticos. De estas especies depende la producción de oxígeno, generación y mantención de suelo, producción y purificación de agua; ciclaje de nutrientes, entre muchos otros. La naturaleza también bienes que satisfacen otras necesidades sociales, como materias primas o medicinas. En tiempos de cambio global, es esta misma biodiversidad la que favorece el control de inundaciones o aluviones, la amortiguación de olas de calor en ciudades como Santiago, la mantención y producción de agua dulce. Cada uno de estos procesos ocurre gracias a la presencia de natura, la que, tal como ocurre con las sociedades humanas, no es homogénea, sino que se despliega y actúa en diversas formas, colores, estructuras, a lo largo, alto y profundo del mundo, incluyendo nuestro país.

El segundo atributo innato de la naturaleza es su complejidad3. Los ecosistemas son sistemas vivos que están interconectados de muchas formas. Interconexión que se observa a nivel atómico y permite la creación e integración de moléculas que son básicas para la vida como el ADN o la glucosa; o en el nivel fisiológico que permite la integración y funcionamiento de los órganos que conforman un cuerpo complejo como el nuestro. Son conexiones ecológicas las que permiten el establecimiento de mallas tróficas, el movimiento de nutrientes en un ecosistema, y ciertamente la transformación evolutiva y adaptativa de la vida. Los sistemas naturales funcionan de manera integrada, dinámica, y las interconexiones ecológicas que permiten su existencia operan a diferentes escalas, haciendo todo aún más complejo.

Los organismos vivos, incluyendo los humanos, establecen relaciones no evidentes y cambiantes. Las propiedades constitutivas de la biodiversidad hacen que el resultado de su operar sea mucho más complejo que la suma de sus partes. Es importante enfatizar esto, porque un abordaje reduccionista del tema, ciego a esta complejidad y a su ubérrima variabilidad, siempre conlleva el riesgo de aproximaciones infructuosas, que no ayudan a entender y entendernos en el mundo, ni menos a mejorarlo y mejorarnos. Al contrario.

Sin biodiversidad no hay vida en la Tierra y –permítase esta simpleza- sin ella tampoco es posible la vida en Chile, ni en Santiago, o La Moneda, o el Congreso Nacional, ni en la última comuna patagónica.

Sin biodiversidad no existirían las sociedades al interior de la especie humana, y por lo mismo no habría posibilidad alguna para la existencia de familias humanas. Por tanto, en el diseño de una nueva Constitución es importante tener presente que “la familia”, por sí y ante sí, no puede arrogarse el rol principal, ni mucho menos absoluto, como la que se plantea en el texto de la cuestionada constitución del 80. Por supuesto tampoco a la naturaleza en aislado puede serle atribuido tal rol. Es obvio que su particular valoración en este contexto sólo es posible porque los humanos estamos en condiciones de mensurar y asignarle tales valores.

Es sobre la base a estos hechos, que el núcleo de cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico del tránsito de una nación joven como Chile a un hipotético mejor futuro, debe necesariamente incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza. Aunque suene como una verdad de Perogrullo, esta relación es efectivamente la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico como el nuestro. Al reconocer esta relación, no hacemos más que estampar en el documento constituyente un hecho tan elemental como indiscutible: humanos y naturaleza somos una misma cosa.

La incorporación al epicentro de una Constitución del carácter relacional de la biodiversidad con lo humano, no sólo es un acto de reconocimiento del saber actual, sino es también y por sobre todo uno de valentía y coraje. Ello, por cuanto desafía gran parte al status quo que por decisiones nacidas de la ignorancia o la avidez del poder político respectivo, y también por una inercia volitiva generalizada ha determinado el accionar de la humanidad durante varios milenos. El mismo coraje debió haber tenido en su oportunidad Nicolás Copérnico, cuando redactaba no una carta magna, sino su teoría en la que planteaba que la Tierra no era el centro del universo. Pues no lo era. Así como tampoco lo somos los humanos. Ni mucho menos los humanos que pretenden existir de espaldas a natura.

De este modo y al mismo tiempo, reconocer en el papel constitucional de manera taxativa la complejidad propia de los sistemas vivos, entre los que se incluyen las sociedades humanas -también la chilena-, significaría un salto cualitativo sin parangón de la racionalidad política. Se abrirían con ello espacios insospechados para la construcción de una sociedad diversa, consciente de su dependencia vital de la naturaleza y de la necesidad de un cuidado y promoción recíproco y permanente.

Tal considerando debería ser el aglutinante de todos los elementos éticos, legales, culturales y sociales que conforman el corpus de una constitución política. Se ganaría así la posibilidad de crear, a partir de tal corpus, lineamientos legales y generales, a todo quehacer que atienda a la particular relación existente entre la vida y el bienestar de las personas. Así se abriría y aseguraría el espacio indispensable de acción para el proyecto de una sociedad más humana, justa y sustentable.

Está claro que la naturaleza o biodiversidad tienen un valor intrínseco e inalienable para el bienestar de las sociedades. Es indispensable para su quehacer social, cultural, y sobre todo económico, por cuanto provee directa o indirectamente, todo lo que los humanos precisamos para vivir, y son el espacio en el que se generan la identidad y la espiritualidad de las sociedades4. Estas cosas y beneficios que obtenemos de la naturaleza se conocen hoy como Servicios Ecosistémicos5, los que no son sino un esfuerzo del mundo de la conservación por llevar al lenguaje economicista este componente olvidado del desarrollo. Evidentemente esta línea de razonamiento no ha derivado en cambios sustanciales respecto de la valoración de natura, lo que refuerza la necesidad de buscar nuevas formas de conectar el quehacer humano con la misma. El proceso constituyente que ahora enfrentamos, abre esa oportunidad para Chile y el resto del mundo.

Así, no es difícil entender que la biodiversidad de una nación constituye el bien común más relevante y necesario de y para su gente. Es además una pieza esencial y determinante en la creación de soberanía a la que siempre han aspirado las naciones dizque modernas. No obstante, dadas las características ecológico-evolutivas propias de la naturaleza, las que incluyen su estructura y funcionamiento a escala múltiple, su condición sistémica e integrada, ella no es apropiable ni expropiable.

Es indiscutible entonces que el reconocimiento explícito de la biodiversidad en la carta magna, como factor inalienable de la existencia humana, implica la protección, restauración y promoción de este bien común. Con la consiguiente atención y esfuerzos que ella requiere para asegurar su continuidad en el tiempo. Tal atención y esfuerzos se llaman sustentabilidad, y constituye aquella esquiva ilusión, la que a pesar de numerosas declaratorias, ninguna sociedad ha tenido la capacidad de realizar. Hasta ahora.

En los albores de este nuevo siglo, Chile tiene la posibilidad de posicionar el nacimiento de esta nueva Carta Magna en el mar de conocimiento existente en un mundo que literalmente se está cayendo a pedazos. Ello precisa del reconocimiento del carácter relacional del ser humano, lo cual puede constituir el salto inicial capaz de torcer la autodestructiva trayectoria que se ha fijado hasta ahora la humanidad, que deriva de su negación y ceguera histórica de su posición en la trama de la vida terrestre. Por lo demás, la única conocida hasta ahora en el universo cercano.

Parte II. Conservación de biodiversidad: una oportunidad para construir democracia real

La construcción una nueva Constitución es una pieza fundamental en la construcción de democracia, pero ella sin duda no es la única. El ejercicio de erigir un sistema sociopolítico que nos permita avanzar hacia una sociedad más justa y amable con todos, precisa del despliegue equitativo de la visión de dicha carta magna en los territorios. Que se enfoque y se haga carne en cada grupo humano que forma parte del territorio de referencia constitucional. Cada porción de nuestro país, sin embargo, está habitado por una gigantesca variedad de especies que conforman ecosistemas integrados. Incluyendo ciertamente a Homo sapiens. Nuestra nueva carta magna debe reconocer la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza, pues esta relación es la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico como el nuestro.

Tal como ha ocurrido con la democracia en Chile, la que se ha visto mermada y mutilada a lo largo de su historia por diversos factores y actores, bien conocidos por muchos y bien desconocidos por otros, de igual modo la naturaleza nacional ha ido siendo degradada y violentada a lo largo de nuestra historia “soberana”.

La pérdida de biodiversidad es el mayor problema global que enfrenta el mundo, junto a otros más reconocidos como el cambio climático6. De hecho, gran parte del problema climático se debe a la destrucción de ecosistemas, y la consiguiente merma en la capacidad de la naturaleza para mantener los balances de carbono de nuestra atmósfera. La evidente magnitud de este problema es poco reconocida, a pesar que lo enfrentamos tanto a escala global como local. A modo de ejemplo recordemos que el 75% de la superficie terrestre ya ha sido alterada7, y en nuestro país casi el 50% de nuestros ecosistemas ha sido degradado8.

La zona central de Chile, contenedora de los globalmente valiosos ecosistemas mediterráneos, corresponde a uno de los dos ecosistemas más amenazados de América del Sur. Esta degradación no afecta sólo a ecosistemas terrestres, puesto que el 66% del océano mundial acusa asimismo graves impactos a su masa9. En el caso de Chile, la degradación de nuestro mar se refleja en sus más de 60% de pesquerías sobreexplotadas o agotadas. Así como el embate permanente que sufren nuestras costas a causa de contaminación minera, agrícola o acuícola. A pesar de su rol esencial para la sobrevivencia humana, el 85% de los humedales del planeta ha desaparecido10. Tal deterioro ha tenido y tiene impacto directo o indirecto en cientos de miles de comunidades que padecen escasez hídrica en el mundo, incluyendo por cierto casi un 40% de las comunas nacionales.

La secuela de esta agresiva erosión a la biodiversidad a nivel global ha significado la desaparición total o parcial de alrededor de un quinto de las especies nativas11. Esto repercute directa y /o indirectamente en el andamiaje vivo de los procesos ecológicos de las que eran parte. Impacta por tanto en los numerosos y vitales servicios que permiten el bienestar e incluso la sobrevivencia de las comunidades humanas. Un ejemplo palmario de esta secuela es la pandemia global que estamos ahora sufriendo. Ella deriva de la destrucción de naturaleza y del confinamiento y uso de especies silvestres, lo que facilitó el contagio de un virus nativo de murciélagos, a nosotros los humanos12.

Este fenómeno global se repite en numerosas localidades, donde como consecuencia de la destrucción de bosques, contaminación de agua, aire, aumenta la prevalencia de contagios con numerosas otras zoonosis como malaria, dengue, zyka, ébola, hanta, y muchas otras. Además, la salud humana se ve afectada por otro montón de patologías no contagiosas, como enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cáncer y otras. Es sabido que ellas derivan de la degradación medioambiental de poblaciones por incompetente manejo industrial en las llamadas zonas de sacrificio; en áreas de intensivo desarrollo agrícola con consecuente mal uso y abuso de pesticidas y/o fertilizantes; también hay ciudades que han sido despojadas de toda cubierta vegetal nativa, con el ulterior impacto directo en el aumento de contaminantes atmosféricos.

La pérdida de biodiversidad disminuye igualmente la capacidad de reacción y resiliencia ante desastres como terremotos, inundaciones, remoción en masa de materiales, aluviones, entre otros13. Esto es relevante, pues los efectos del cambio climático traen consigo un aumento de fenómenos de concentración de pulsos de lluvia, lo que aumenta la probabilidad de cosas como aluviones. Frente a todo esto es preciso mantener y promover una vegetación pertinente necesaria para amortiguar los embates de un mundo cada vez más caliente.

La evidencia más fuerte del valor de la naturaleza, y al mismo tiempo del impacto de su degradación se observa en el ámbito de la economía. Especialmente en países como Chile que dependen directamente de sus RRNN, que son uno de los servicios más importantes que entrega la biodiversidad a las sociedades humanas. Es útil recordar que la biodiversidad aporta al PIB global entre el doble y el triple del PIB oficial entregado
por el FMI y otros organismos14. Para Latinoamérica el aporte al PIB de la biodiversidad es al menos equivalente al PIB de toda la región15. Estimaciones iniciales para Chile muestran que solo la biodiversidad contenida en nuestras áreas protegidas terrestres –que cubren casi un quinto de nuestra superficie- aporta al PIB de Chile más que aquellos sectores tradicionalmente considerados pilares de nuestra economía como el agrícola o el pesquero16. Con estas cifras en mente, no debemos extrañarnos cuando economías o comunidades colapsen cuando se ven enfrentadas a la degradación de su naturaleza17. En la práctica, es la naturaleza la que subsidia una parte abrumadora de las industrias y las economías mundiales, cuestión que recién está comenzando a reconocerse18. Y la pandemia actual confirma lo que viene diciendo el mundo de la conservación desde hace rato: que sale mucho más rentable invertir de manera precautoria en conservación, que asumir los costos de reparar o reconstruir ecosistemas y economías degradadas.

Como es fácil imaginar, las causas de dicha degradación están todas conectadas entre sí. Es esto lo que hace urgente que el proceso de (re)construcción de nuestra democracia vaya a la par con la restauración de su base natural más profunda. A partir del simple hecho de reconocer la intrínseca esencia relacional de nuestra sociedad con nuestra naturaleza, el proceso de restauración de natura ha de servir como motor elemental en la construcción de democracia19.

El conjunto de amenazas que afecta y erosiona la biodiversidad del mundo está conformado por cuatro factores, que se conocen como los “jinetes del Apocalipsis”20, “enemigos” bien conocidos en el mundo de la conservación de la biodiversidad.

El primero es la pérdida o destrucción de hábitat, como producto fundamentalmente de la descontrolada expansión agrícola y ganadera; la destrucción de bosques; degradación de suelos; agresivas urbanizaciones de zonas naturales, sólo por nombrar algunas de sus expresiones más importantes.

El segundo: las especies invasoras, que son un puñado de especies que fueron transportadas por accidente o intencionalmente fuera de sus hábitats naturales, y se desarrollaron de manera descontrolada, destruyendo la biodiversidad de las zonas invadidas. En el caso de Chile esta amenaza ha sido particularmente relevante: especies como conejos, cabras, jabalíes, zarzamora, espinillo, visón, castor, didymo, trucha arco iris, abeja chaqueta amarilla, numerosas malezas, suman a las casi mil especies invasoras reconocidas al día de hoy en nuestro país21. Ellas degradan lenta e implacablemente los ecosistemas naturales chilenos, con impacto directo en los servicios que ofrecen a la comunidad nacional, e impactos económicos que ascienden a varias decenas de millones de dólares anuales22.

El tercer jinete es la contaminación. Ella afecta ecosistemas terrestres, marinos e incluso el aire. Chile ofrece demasiados ejemplos de contaminación extrema. Muchos de ellos asociados una mala actividad minera, derrame de hidrocarburos en puertos, emisión de gases y material particulado en ciudades y zonas industriales. Aparecen aquí la contaminación de cursos de agua por efecto del mal (o ausente) diseño y fiscalización de uso de fertilizantes y pesticidas; malos tratamientos de desechos urbanos, entre otros. Ejemplos emblemáticos de esto han sido la contaminación del Humedal del Río Cruces en Valdivia, la destrucción de la bahía de Chañaral, o la contaminación de lagos del sur de Chile como el Villarrica o el Llanquihue.

El último y más reciente miembro de este cuarteto apocalíptico es el cambio climático. A pesar de su origen y carácter global, se manifiesta con particular fuerza a nivel local en Chile, dado que nuestro país es alarmantemente vulnerable a los efectos de este factor, por ser un país costero, montañoso, con extensas zonas áridas, entre otras23.

Estos “enemigos” no se abaten a balazos, sino que se combaten a través de la práctica de la conservación de la biodiversidad24. Disciplina que nace de las ciencias ecológicas como una respuesta al problema global de degradación ambiental. A diferencia de otras ciencias, su mandato es claro: detener y revertir los patrones de pérdida de biodiversidad. Una clara misión establecida desde el nacimiento de esta ciencia hace poco más de cuatro décadas.

Esta práctica científica precisa de un prolijo trabajo territorial y la integración orgánica de múltiples actores –humanos y no humanos-. Es un trabajo obligadamente inclusivo cuya meta es la transformación de las realidades (¡no la acumulación de informes burocráticos!) siguiendo lineamientos básicos de las ciencias como evaluaciones comprehensivas e integradas, diseño de intervenciones basadas en evidencias, las que constituyen en sí mismas hipótesis a ser contrastadas con evidencias objetivas, independientes, que permitan retroalimentar los procesos de evaluación para el establecimiento de ciclos adaptativos y mejoramiento continuo.

Esta es una disciplina que por definición es territorial, pues el binomio indisoluble naturaleza-personas es propio de cada territorio, cuya ejecución precisa de resultados en la realidad de cada uno de ellos. Por lo mismo la conservación no es sólo una necesidad, sino una vacuna contra populismos y proselitismos de todo tipo, ya que la vociferación de promesas administrativas, económicas, electorales o de cualquier otro tipo, contrasta con el resultado (o no) de soluciones efectivas, en territorios y ecosistemas reales, con personas y de carne y hueso. Y estas soluciones se ven (o no) a simple vista: ¿se limpió la bahía contaminada? ¿Se recuperó la población sobreexplotada de locos? ¿Se recuperó el suelo degradado? ¿Regresaron los bosques y matorrales de Chile central? ¿Están claras y limpias las aguas del humedal? Etc., etc., etc.

No es el propósito de estas líneas esbozar un tratado científico técnico, sino destacar simplemente que la buena conservación, así como la buena democracia, precisan de la integración orgánica de un trabajo territorial, de sus ecosistemas y sus gentes, con los mandatos que derivan de los cuerpos legales rectores de dichas prácticas. Muchos de los cuales todavía están por construir. Uno de estos cuerpos rectores es nuestra Constitución, la cual debe ser reformulada considerando el hecho –todavía poco reconocido- que humanos y naturaleza somos una misma cosa. Y que el cuidado de uno, precisa de la atención equivalente del otro.

Las ciencias de la conservación mandatan el diseño y cuidadoso despliegue de procesos, lo que entre otros principios requiere la inclusión de todos los actores relevantes al proceso, posicionado cada cual en su diversidad y sus territorios. Cooperación y buena gobernanza administrativa son elementos clave en dichos procesos y territorios; así como el acceso transparente y permanente a información relevante; el monitoreo inclusivo constante de todas las etapas del proceso de conservación, y por sobre todo de la equidad inter pares25. Tal como ocurre en la naturaleza, es en esta aproximación equitativa donde se revela el valor de cada actor para el funcionamiento integrado y armónico del eco-sistema. Tales principios son básicos para una efectiva conservación y protección de biodiversidad, y son por cierto inmanentes a una buena democracia.

Entonces, cuando hablo de la degradación de natura y su biodiversidad, y de su relación con una nueva Constitución, debo insistir que, en el espíritu y letra de esta, ella debe tener claro el mandato de preservar el binomio naturaleza-humanos. Esta preservación no es más que una atención efectiva a la conservación. Y por lo mismo, es la conditio sine qua non para desarrollar y desplegar la democracia, que sólo puede realizarse en aquella realidad concreta llamada vida.

Es la biodiversidad -no los recursos naturales- la verdadera mandataria que nos obliga a pensar en una escala más grande que la del estrecho interés individual. Los límites físicos y legales, alambres de púas, o disposiciones legales, son inútiles para proteger la naturaleza contenida en una propiedad privada de las amenazas crónicas a la que está expuesta hoy día la biodiversidad. Estos límites no la ponen a salvo de incendios, contaminación, cambio climático, especies invasoras, marea roja, gripe aviar, coronavirus, por nombrar algunos factores de riesgo. Para ello precisamos trabajar y articular la protección de la totalidad del entorno, lo que justifica desde su base ecológica la cooperación pública y privada, así como la colaboración a otras escalas.

Fijar en una constitución esta reciprocidad consciente de derechos y deberes en el cuidado de los bienes comunes e individuales de la biodiversidad y su conservación, sería de veras un hito innovador en nuestra nueva –en realidad en cualquieraConstitución. Se trata entonces, de un decisivo cambio de paradigma. Es lo que precisamos para enfrentar y lograr el tránsito de Chile al próximo siglo.

Esta es la oportunidad que nos ofrece la redacción de una nueva Constitución. La de ser no solo una magna ley política fundamental para el funcionamiento veramente democrático de un estado, sino ser además una constitución eco-lógica, que tenga en su núcleo rector la relación humano-naturaleza y que explicite el deber que una sociedad se autoimpone para proteger este binomio. En cada palmo de su territorio. Sólo así es dable imaginar y construir un futuro mejor.

Parte III. Conservación de biodiversidad: una puerta para nuestra profunda transformación

Son los procesos ecológico-evolutivos básicos de la biodiversidad, los que permiten la mantención y el florecimiento de la vida humana, y constituyen la única base material de la que arranca cualquier emprendimiento humano, sea este individual o colectivo. Esto incluye la construcción de un nuevo Chile, una de cuyas piezas clave es la redacción de una nueva Constitución. El diseño de este texto debe considerar el hecho que humanos y naturaleza tenemos una relación básica, indisoluble y vital, que es en efecto la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico como nuestra, o cualquier sociedad.

Como mencioné anteriormente la biodiversidad o naturaleza provee –directa o indirectamente- todo lo que los humanos precisamos para vivir y tener bienestar. Al mismo tiempo, la pérdida de biodiversidad es la mayor amenaza que enfrenta nuestra sociedad26. Esto se debe a una serie de causas bien conocidas como degradación de hábitat, contaminación, especies invasoras, cambio climático, que derivan en último término del desarrollo de acciones humanas a espaldas de natura27.

Ante esto el llamado global es al desarrollo de procesos transformativos, que puedan cruzar de manera simultánea esferas políticas, sociales, económicas, tecnológicas, y finalmente valóricas28. Es decir, qué y cómo queremos relacionarnos unos con otros, incluyendo en ese “otros” a grupos humanos y no humanos. Este reconocimiento debería ser parte del núcleo de nuestro próximo texto constitucional, ofreciendo no sólo una alternativa para la construcción de un nuevo e inclusivo país, sino sirviendo de ejemplo concreto de acción transformadora para el Mundo, la que puede tener consecuencias en todas las esferas societarias.

Sin ser experta en derecho constitucional, expongo dos ejemplos que muestran el profundo cambio de mirada que puede traer consigo el reconocimiento del hecho básico de la vida: que humanos y naturaleza somos una misma cosa, y que enfrentamos los mayores niveles de degradación nunca antes registrados en la historia humana.

Biodiversidad no es lo mismo que recursos naturales

He mencionado y repetido que la biodiversidad es una matriz ecológica-evolutiva altamente compleja, ubicua, frágil, interconectada, histórica, que precisa de una mínima integridad en estructura y organización para asegurar su funcionamiento. Ella no reconoce limitaciones políticas, ni de propiedad. La complejidad en escala múltiple es consustancial a la biodiversidad y hace que ella en su totalidad no sea apropiable ni enajenable (a pesar de algunos).

Es posible definir límites geográficos aparentes en la naturaleza, como puede ser el borde de un lago, las altas cumbres cordilleranas, o la ribera de este o aquel lado de un río. Se puede delimitar un puñado de árboles, o confinar en una red a una masa de peces variados. Todos y cada uno de estos límites, sin embargo, son imaginarios, pues la biodiversidad está -evidente o solapadamente- siempre en conexión con otros factores, sean ellos vivos o inertes. Más aún, su integridad depende de la mantención de dichas conexiones, pues son esenciales para su persistencia y florecimiento en el tiempo. Esto desafía conceptos y aspiraciones como la propiedad privada. Y se hace patente, toda vez que la integridad de la biodiversidad se ve afectada por amenazas que están fuera de los límites de la propiedad en cuestión.

Es así que se puede ser dueño de una fracción de la naturaleza como un sublime parque natural, un campo agrícola, una ribera de la laguna más hermosa de Chile central. Sin embargo, dada la propiedad relacional de natura, el destino de dichas posesiones depende del devenir de otros componentes territoriales y culturales, pues los factores que degradaran naturaleza generalmente sobrepasan y se instalan en los territorios a pesar de
la existencia de escrituras de propiedad o de alambrados electrificados. Esto mandata el cuidado mancomunado e integrado más allá de la propia frontera, justificando con creces el esfuerzo colectivo para la mantención de la naturaleza, matriz común de vida y bienestar.

Un ejemplo claro de esto son aquellos cada vez más numerosos predios privados que son y serán víctimas de sequías que derivan de cuencas denudadas de vegetación, o por el otrora lejano cambio climático. Privados territorios son consumidos por masivos fuegos incontrolables (como ocurrió recientemente en el continente australiano, o hace un par de años en Chile central) debido –entre otras causas- a mantos interminables de plantaciones de exóticas especies pirofíticas. Puede suceder que un río o laguna, como la de Aculeo se seque sin más, producto de algún estiaje prolongado, sumado a la mala o nula gestión integrada de procesos hidrológicos de la cuenca. Una playa favorita, sea de lago o mar, puede contaminarse por el derrame masivo de petróleo ocurrido a kilómetros de distancia; o que el consumo de mis cultivos de choritos se prohíba por efectos de la marea roja que nace mucho más allá de mis instalaciones industriales.

A escala mayor, un país completo como Chile, puede declarar su soberanía sobre una porción significativa del Pacífico, pero tendremos que reconocer que aquella porción de mar que reclamamos como chilena es una parte indisoluble de un ecosistema marino planetario. Esto determina que aquellos bienes que podríamos obtener de nuestra porción de océano, son afectados por diversos factores que van más allá de declaratorias soberanas incluyendo la acidificación del océano, la contaminación de aguas por lluvia ácida o por derrame de hidrocarburos en aguas internacionales, por sobresaturación de desechos plásticos, o por sobreexplotación de recursos marinos en algún punto de su ruta migratoria global. El anhelo que nuestro mar pueda nutrirnos de manera sostenida en el tiempo, precisa de reconocer la complejidad e integridad de la naturaleza, y desplegar acciones acorde tendientes a la protección de este bien compartido.

Cuando en la constitución del 80 se hace mención a la naturaleza, tal referencia es puramente economicista, y ciega a los atributos y características que la definen, pues en dicho texto se la entiende sólo como fuente de recursos naturales (RRNN). Por lo mismo, un nuevo papel constitucional debe atender al hecho que biodiversidad no es lo mismo que RRNN.

Es cierto que parte de las estructuras y procesos que constituyen la biodiversidad pueden devenir en la generación de bienes o servicios a ser aprovechados por las sociedades o partes de ella -por el mundo público, privado o ambos, por comunidades locales e incluso globales-, y que muchos de ellos son RRNN que tienen el potencial de ser renovados. Son justamente algunos de los servicios que ofrecen los ecosistemas naturales, incluyendo por ejemplo materias primas como madera, pesca, medicinas, suelo, los que pueden ser apropiados y gestionados para su uso prolongado. Otros servicios menos conocidos como la recarga de acuíferos, control de plagas, ciclaje de nutrientes, reducción de transmisión de enfermedades, polinización, pueden asimismo ser gestionados para su provisión permanente, pero precisan de una gestión integrada a escalas de espacio y tiempo mucho mayores que las que involucra la propiedad privada tradicional.

Queda claro entonces que, si se aspira a mantener y explotar los RRNN que produce la biodiversidad, o si se espera mantener operativos aquellos servicios mínimos que son necesarios para nuestro bienestar, se hace inevitable la necesidad de conservar, promover y restaurar la biodiversidad que subyace, sostiene, y es común a todo espacio público y privado, pues es el ente finalmente responsable de provisión de dichos insumos. Y como decíamos más arriba, dada su compleja condición sistémica, es la sociedad toda –nacional y global- la que debe confluir en el proceso de su cuidado, independientemente del derecho de propiedad, privada o colectiva, que exista sobre una u otra fracción del territorio.

Biodiversidad y Soberanía

La incorporación de la biodiversidad y su carácter relacional con lo humano en la nueva Constitución es un vehículo para traer a Chile al siglo XXI y reflejar en ella el conocimiento acumulado por milenios. Este reconocimiento, ya realizado por instituciones muy relevantes como la Iglesia Católica[29], desafía gran parte del status quo y da el empuje necesario para transformar la inercia del quehacer humano histórico.

En el caso de Chile, el reconocimiento del valor intrínseco de la biodiversidad para el bienestar de sus pueblos y comunidades, precisará repensar toda una serie de conceptos tradicionales, incluyendo especialmente aquellos de soberanía y seguridad. Palabras que en los poco más de 200 años de nuestra historia como “país soberano” han sido utilizadas para describir muchas cosas, ocultar otras y justificar las más. Es menester dejar de pensar la soberanía en términos decimonónicos.

Debemos comenzar a entender soberanía no simplemente como aquella que está definida por fronteras humanas, a las que hay que defender de una posible invasión por otros, a quienes, dado el caso, habría que expulsar o eliminar a balazos. Este es un afán permanente que consume ingentes sumas de cualquier presupuesto nacional y cuantiosos recursos de todo tipo. A la luz de lo expuesto, la soberanía debe ser entendida en una extensión contextual mucho más amplia y racional que la puramente políticoadministrativa-militar.

Al hablar de soberanía, y la necesidad de su protección, debemos reconocer la necesidad vital de mantener, promover y restaurar los ecosistemas que conforman y dan vida a todo el territorio y aguas nacionales, al mismo tiempo de protección a las gentes que los habitan. El valor real de dichos territorios (así como aquel valor imaginario, que es su precio de mercado) podrá exisitir sólo en la medida que estos son capaces de albergar una naturaleza sana.

Aquellos ecosistemas degradados, contaminados, sobre-explotados, erosionados, secos, o yermos, carecen de valor alguno y son en general abandonados a su muerte lenta, pues no son capaces de sostener su vida, ni la de otras especies como la humana. Ellos debieran ser el blanco real de nuestro imaginario soberano. Puesto que únicamente aquellos territorios vivos, contenedores de ecosistemas íntegros y pujantes, son capaces de proveer las condiciones mínimas que permiten la producción de agua y otros RRNN como los que mencionaba más arriba, básicos para el bienestar de las personas y sus sociedades.

La defensa real de la soberanía de un territorio, por lo tanto, no se asegura sólo por la existencia de un cada vez más oneroso pasivo militar (el que por lo demás tampoco asegura la seguridad de un país como Chile, o cualquier otro). La tarea de defensa debe apuntar a la creación y mantención de condiciones mínimas que aseguren la existencia y el bienestar humano, que aseguren el buen vivir de nuestras poblaciones -humanas y no humanas- que habitan esos territorios soberanos. Hablamos de la protección del agua, del suelo cultivable, de los bosques, humedales, ríos, zonas costeras, por nombrar algunos de los bienes soberanos vitales de cualquier nación. Estos bienes complejos precisan ser defendidos tanto o más que imaginarias líneas fronterizas, especialmente en un mundo cada vez más deteriorado como el actual. Tal práctica defensiva y profiláctica resulta determinantemente elemental no sólo para la existencia de la población actual, sino ante todo para las futuras.

Incorporar un entendimiento eco-lógico básico de soberanía a una nueva constitución de Estado, abriría el espacio necesario para visionar y diseñar nuevos conceptos que permitan construir un Chile diferente. Ellos deberían comprender al menos: soberanía y seguridad ecológica de nuestro país, que resultan condición mínima y necesaria para avanzar en una real soberanía territorial y efectiva seguridad alimenticia, soberanía cultural, entre otras.

Un ejemplo final de los espacios que debemos desafiar en la creación de esta nueva Constitución, dice relación con la seguridad interior, entendida ella como seguridad sanitaria. Como ha quedado demostrado en estos meses de pandemia global, hay tres características constitutivas de estas amenazas a tal seguridad: uno es que estas seguirán ocurriendo, segundo que su origen primario se encuentra en la degradación de la biodiversidad29, y por último que dichas amenazas no se combaten a balazos, sino que precisan de la articulación compleja y virtuosa de los diferentes actores de la sociedad,
en relaciones informadas y de confianza, posicionadas en las realidades humanas y no humanas de los territorios. En fin, como se mencionó antes, en definitiva, de una buena democracia.

¿Es posible y cómo se puede instalar este cambio de paradigma en una nueva Constitución?

Será tarea de la Asamblea Constituyente encontrar la forma de reflejar en la nueva constitución esta realidad. Considerando sin embargo el principio fundacional de la relación ser humano con la naturaleza, sostengo que ella debería formar parte de las bases constitucionales por constituir un principio fundamental de la vida, quedando así relevada en nuestra carta magna.

En un segundo nivel, y derivado de este reconocimiento, se constata por lo tanto la necesidad de reconocer, además de los derechos individuales, tan amplia y precisamente definidos en la constitución que esperamos reformar, los derechos de lo colectivo y de este espacio socio-ecológico común, así como los deberes que cada una de las personas tiene para con este bien común.

Y finalmente, la nueva Constitución debería explicitar la necesidad de nuestro país de reconocer la tarea de conservación de biodiversidad como una tarea fundamental para la construcción, florecimiento y mantención de nuestra sociedad chilena. En toda su diversidad. En toda su complejidad. Confirmando la necesidad de instalar esta nueva forma de hacer en cada porción de nuestro territorio.

Estas son cuestiones abiertas a la conversación, que deben justamente ser abordadas desde diferentes perspectivas, para encontrar la mejor forma de articular soluciones efectivas. La creación de estos espacios de conversación, que permitan hacer avanzar a Chile en conservación de biodiversidad, son clave en este escenario de cambio de constitución, a través de un proceso constituyente. Quien pueda tomar este espacio, estará ganando no sólo a través del enriquecimiento conceptual del rol de la biodiversidad en el bienestar de nuestra sociedad, sino teniendo la posibilidad de liderar esta transformación para el resto del país, y por qué no decirlo, del Mundo completo.

  1. Erwin 1983; May 1988, Costello et al. 2013; Kenneth et al. 2016;
  2. Millenium Ecosystem Asessment 2005
  3. Boero et al 2004
  4. IPBES 2019
  5. Dasgupta 2020
  6. Rockström et al. 2009
  7. IPBES Op. Cit.
  8. MMA 2018
  9. IPBES Op. Cit.
  10. Gherardi et al 2009
  11. IPBES Op. Cit.
  12. Evans et al. 2020
  13. Doswald & Estrella 2015
  14. Constanza et al. 1997; Constanza et al. 2014
  15. IPBES 2018
  16. Figueroa et al. 2010
  17. Diamond 2005
  18. Dasgupta 2010, 2020
  19. Saavedra 2020
  20. Diamond 1984
  21. Pauchard 2017
  22. Cerda et al. 2017
  23. World Bank Group
  24. Soulé 1985; Meine et al. 2006; Kareiva & Marvier 2012; Casetta et al. 2019
  25. Rockström et al. 2009
  26. Rockström et al. 2009
  27. IPBES Op. Cit
  28. Laudatum Si
  29. UNDP 2020