Nuestro colaborador invitado es el fotógrafo submarino Eduardo Carrasco, que en septiembre del 2019 viajó a la costa Pacífico de México para sumergirse entre tiburones blancos. Lamentablemente, un mes después de su visita, un ejemplar juvenil murió atrapado en una de las jaulas de observación, sembrando dudas sobre cómo esta vertiente del ecoturismo contribuye a la conservación marina en el país Azteca. Esto lo llevó a investigar acerca de la situación que viven los tiburones, para luego analizar el rol que el buceo en jaula juega en la conservación de estos incomprendidos depredadores.

Nuestra travesía comenzó en el puerto federal de Ensenada, Baja California, desde donde nos trasladamos 400km hacia el suroeste a una velocidad constante de siete nudos durante 24 – muy movidas – horas. Eran las 7 de la mañana del 9 de septiembre del 2019, el sol brillaba inclementemente y desde un parlante sonaba a todo volumen el riff inicial de “Johnny B. Goode” de Chuck Berry. El cantante estaba a punto de contarnos sobre el guitarrista prodigio de Luisiana cuando fue interrumpido por un marinero, y luego otro, gritando “¡shark!” a contratiempo, como si lo hubiesen practicado antes. Bajo las cristalinas aguas del Pacífico mexicano vimos una oscura silueta de unos cuatro metros merodeando la popa de nuestro Live Aboard. La acción por fin comenzaba.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

Isla Guadalupe es uno de los tres lugares del mundo, junto con el Shark Corridor de Dyer Island cerca de Gansbaai en Sudáfrica y las Islas Neptuno frente a Adelaide en Australia, donde dependiendo de la estación, un encuentro con tiburones blancos (Carcharodon carcharias) está garantizado. Cada año desde los 90, entre julio y noviembre, se congregan aquí más de un centenar de ejemplares. Vienen a esta aislada formación volcánica de 250 kms2 a aparearse, dar a luz, y alimentarse de su presa endémica del lugar, los lobos finos de Guadalupe (Arctocephalus townsendi). Éstos fueron prácticamente exterminados por navieros mercantes desde mediados a fines del siglo XIX por su pelaje, y se creían extintos hasta los 1950. Pero, gracias a la protección que les transfiere el estatus de la isla como Reserva de la Biosfera, su población ha crecido de unos cuantos ejemplares a más de 40 mil. Como consecuencia, los tiburones han vuelto en números que, lentamente, también van en aumento.

Pese a que estaban por los alrededores, los tiburones no se acercaban a las embarcaciones sin algún incentivo, de hecho, eran más bien indiferentes. La manera más eficaz de atraerlos y verlos de cerca -aunque materia de debate desde el punto de vista del condicionamiento Pavloviano-, es el chumming, o literalmente, cebarlos. A pesar de que un nuevo estudio sugiere que esta práctica no afecta su dieta, los Dive Masters “Rana” y Arturo me comentaban que las ordenanzas que los rigen están en constante cambio. En el pasado era posible dejar un rastro de sangre junto con carne de pescado molida e interiores, pero actualmente sólo se permite usar Bonita (Sarda sarda) atada a una línea.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

Después de rebanarle las agallas y arrojarla al mar, no queda más que esperar que estos majestuosos depredadores embosquen a su presa desde lo profundo en un ángulo de 45 grados y a una velocidad de hasta 55kms/hora. Con algo de suerte y buenos reflejos, los marineros deben retirar el pescado en el momento que los tiburones abren sus mandíbulas, pero en un día y medio éstos devoraron dos refrigeradores llenos de ellas; el resultado de un apetito aparentemente insaciable llamado “frenesí alimentario”.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

Bajo este estado de agitación suelen morder todo lo que encuentran a su paso. Por eso, al igual que en Sudáfrica y Australia, la ley mexicana ordena a todas las embarcaciones que operan en Guadalupe a utilizar jaulas metálicas con capacidad para cuatro personas. En ellas, vamos rotando en intervalos de media hora entre dos que están justo bajo la superficie.

Desde ellas, podemos apreciar las cicatrices que evidencian un impecable instinto de supervivencia forjado por 400 millones de años de adaptación evolutiva. Somos testigos de la elegancia con la que cruzan sus dominios en perpetuo movimiento, con la mandíbula entreabierta, para respirar. Pero más impresionante aún, somos capaces de identificar sus personalidades individuales: por ejemplo, la resiliencia e ingenio con que algunos especímenes buscan nuevas estrategias cuando la tripulación sacar la Bonita a tiempo. O la frustración y abandono con la que otros reaccionan ante una broma de tan mal gusto; a nadie le gusta que le quiten la comida frente a sus narices. Quizás por eso, desgraciadamente, un mes exacto después de mi visita, un macho juvenil que frecuentaba el lugar desde el 2016, embistió violentamente la jaula de una embarcación de otra operadora, quedando atrapado en ella, y falleciendo posteriormente de una cruenta manera.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

El 7 de diciembre de 2019, un activista medioambiental mexicano publicó un video en el que acusaba al dueño de la operadora de ser el responsable directo de la muerte del tiburón debido al supuesto desacato de las regulaciones en sus jaulas, exigiendo además que le revoquen la licencia a la empresa. La compañía se defendió enviando un comunicado donde aseguraban que fue un incidente aislado, que dicha expedición contaba con la presencia de una observadora de la Comisión Nacional de las Áreas Naturales Protegidas, que sus jaulas cumplían con las ordenanzas, y finalmente desmintieron el deceso. El 9 del mismo mes, el activista publicó un segundo video que demuestra que la última aseveración es falsa, incluyendo además acusaciones de corrupción por parte de las autoridades. Actualmente está en curso una investigación por dos denuncias frente a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente de ese país (PROFEPA), pero hasta el cierre de este artículo, aún no se ha comunicado avance alguno.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

A la espera de un veredicto, entonces, cabe preguntarse: ¿de qué manera es este tipo de turismo un aporte o un detrimento a los esfuerzos de conservación de los tiburones blancos? De comprobarse las acusaciones y se le revocara la licencia a dicha empresa -o en su defecto se detuviera la industria entera, como propone el especialista mexicano Dr. Ramón Bonfil, ¿qué impacto tendría en la economía de Baja California? Ante los desafíos que presenta la pandemia del Coronavirus y la necesidad de retomar una actividad económica tan importante como lo es el turismo en esa región, ¿es esta una solución que beneficiaría a la población local, pero más importante aún, a la conservación de los tiburones?

Si consideramos que los tiburones NO son devoradores de humanos y que 73 de las especies están dentro de la lista de vulnerabilidad y peligro de extinción de la International Union for Conservation of Nature (IUCN), incluyendo a los tiburones blancos, ¿quién es una mayor amenaza, ellos o nosotros?

Los verdaderos depredadores tope

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

Hay tres actividades humanas que amenazan directamente la supervivencia de todo tipo de tiburones: el shark culling, la pesca incidental, y la deliberada. El primero se refiere a la instalación de dispositivos submarinos como mallas para cercar balnearios, o trampas cebadas llamadas drum-lines, para capturar y luego matar a los tiburones que superan cierta longitud o edad, siendo los blancos y tigres los objetivos más comunes.

En general, el uso de estas trampas en Australia y Sudáfrica se debe a una reacción política frente a uno o más ataques, provocando un intenso debate. Ya sea por la sugestión hollywoodense, sed de ratings, dirección editorial o simple ignorancia, los medios de comunicación amplifican la gravedad y frecuencia de estos accidentes de manera desproporcionada e insidiosa. Esto, en consecuencia, promueve el antagonismo entre facciones aparentemente irreconciliables de la opinión pública: los antropocentristas y los conservacionistas. Mientras los primeros alegan defender la seguridad de los bañistas y deportistas acuáticos, los últimos plantean que el problema de estos métodos de “control” -como les llaman eufemísticamente las autoridades- radica en que no sólo merman a su objetivo, sino también a mamíferos, cetáceos, reptiles y otras especies marinas al mismo tiempo.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

Si a esto le sumamos el hecho que los tiburones crecen relativamente lento, demoran décadas en alcanzar la madurez sexual y producen poca descendencia, el problema se hace evidente. Nosotros somos una amenaza inmensamente mayor para ellos que viceversa; estamos mermando su población a un paso más acelerado de lo que son capaces de recuperarse, tanto por desinformación, error humano, como por una extracción indiscriminada, insuficientemente regulada y hasta perjudicial para nuestra salud.

Desafíos y oportunidades de un ecoturismo cuestionado, en tiempos de pandemia

El ecoturismo es muy importante en la economía de Baja California y su respectivo aporte fiscal, alcanzando sobre el 50% del empleo total y el 60% de los ingresos directos e indirectos del estado. Se estima que el ecoturismo orientado a tiburones, pese a tener un grupo objetivo considerablemente más reducido, es potencialmente hasta cuatro veces más rentable que la observación de cetáceos. Es destacable el rol que los Live Aboards juegan en la vigilancia de la pesca ilegal en las Áreas Marinas Protegidas y otras áreas de exclusión. Y es porque la relación entre políticas públicas y las empresas privadas de ecoturismo ha logrado trasladar el incentivo económico desde la extracción hacia la observación, el turismo y el estudio científico mejor que cualquier otra iniciativa a la fecha.

Así, en países como México, Ecuador, Colombia y Costa Rica se ha conseguido crear un círculo virtuoso que beneficia a todas las partes involucradas, y donde sus protagonistas -los tiburones- valen muchísimo más vivos que muertos. A diferencia de lo que sucede en los gigantescos acuarios de muchas grandes metrópolis, en los parques nacionales, áreas marinas protegidas y reservas de la biosfera de nuestros vecinos, los tiburones son completamente libres -y en el caso de Guadalupe, los enjaulados somos nosotros. Aún así, la experiencia de compartir con ellos de cerca, en su hábitat natural, ha evangelizado a un sin fin de amantes de la naturaleza a contribuir con la concientización y protección de los depredadores más vilipendiados e incomprendidos del planeta; y eso no tiene precio. Sin embargo, ese cambio de mentalidad en la población local y de los turistas ha tomado décadas, junto a un esfuerzo e inversión considerable por parte de los operadores, incluyendo al acusado.

(c) Eduardo Carrasco
(c) Eduardo Carrasco

Pese a que el incidente en Guadalupe sin duda fue terrible, si tomamos en cuenta todo lo anterior, junto a que en veinte años de operaciones ha habido cuatro casos donde un tiburón blanco ha entrado a una jaula, y que -hasta donde sabemos- sólo uno de ellos ha muerto, proponer desmantelar esta industria por ello no es, quizás, ¿tapar el sol con un dedo? Los beneficios que el ecoturismo orientado a tiburones provee, simplemente superan a las desventajas. Es, a su vez, difícil, sino imposible, justificar la muerte de un tiburón, ya sea por acción u omisión, cuando hay alguien que recibe un beneficio económico de por medio.

La pandemia del Coronavirus que nos azota, y a la vez, el incidente en Guadalupe, ofrecen una oportunidad única para la conservación y la re-evaluación del impacto humano en el ecosistema marino. La considerable reducción de buzos en los distintos destinos de renombre ha tenido un efecto positivo en la proliferación de las especies endémicas y migratorias como el tiburón blanco; algunos operadores ya han atestiguado sobre esto.

La operadora en cuestión modificó sus jaulas. El cierre de playas en Australia eliminó temporalmente la necesidad de poner mallas o drum-lines. Y la demanda por sopa de aleta de tiburón vio un inevitable descenso con las incómodas -pero necesarias- medidas sanitarias tomadas por distintos países. Sólo resta ver el impacto que tendrá el video del activista mexicano en el interés por el buceo en jaula en su país, por no mencionar otras esferas en que el Covid-19 pueda reformular el turismo global.

No obstante, la amenaza que supone la pesca deliberada y de arrastre sigue vigente por ser parte integral de la cadena de abastecimiento,  una casi exenta de control sin los Live Aboards que monitoreen las zonas de exclusión durante -y después de- la crisis sanitaria. Un mayor compromiso con el endurecimiento de regulaciones y fiscalización en Guadalupe ayudaría, cuando más se necesita, a impulsar a una parte de la industria del ecoturismo que, pese a sus deficiencias, presenta una vía más sustentable y beneficiosa que la extracción indiscriminada.

A su vez, si el acusado fuese encontrado culpable, una sanción ejemplificadora contribuiría a sentar un precedente y estándar internacional; uno que le permita a nuevas generaciones experimentar encuentros sin miedo, sino respeto, para así apasionarse por uno de los depredadores marinos que más lo necesitan. Quizás con la ayuda de su ímpetu juvenil, nunca más tengamos que ser testigos de las innumerables aletas en los mercados de Asia o de una tragedia como la que sucedió en ese paraíso de los tiburones blancos del Pacífico mexicano.