La primera vez que vi ballenas fue en Chañaral de Aceituno y desde ahí mi vida cambió, quise hacer todo lo que estuviera en mi alcance para protegerlas. El panorama en esa zona es para maravillarse, tanto en mar y tierra la vida silvestre te rodea, es de esos lugares que cuando los cuentas la gente te pregunta “¿En serio esto es en Chile?”. Delfines, ballenas, lobos de mar, pingüinos, chungungos, abundantes aves marinas y además 68 especies de vertebrados terrestres y flora silvestre forman un escenario alucinante. Por donde se mire hay vida. La zona, como parece ya común en Chile, está bajo la amenaza de una mega industria que tiene en estado de constante vigilia a quienes habitan ese territorio. Para conocer un poco más contactamos a Luis González de Turismos Orca, ferviente defensor del patrimonio local y con quien he tenido la suerte de navegar en más de una ocasión.

La Reserva Nacional Pingüino de Humboldt fue creada el año 1990 y está conformada por tres islas ubicadas en dos regiones de Chile, las de Atacama y Coquimbo. Estas son las islas Charañal, Choros y Damas, abarcando una superficie total de 888,68 hectáreas. Antes que fuera declarada como área protegida, pescadores artesanales y recolectores de orilla han traspasado su legado a las siguientes generaciones.

En este contexto inicia la historia de Luis, quien desde chico comenzó a mirar esta caleta con cariño, adquiriendo la sabiduría y conocimiento sobre ese lugar, tanto de su madre y abuelita que eran recolectoras, como de las distintas personas que trabajaban mar adentro o bajo el agua. “Hay una vida maravillosa acá, de chico quise ir conociendo más, saber qué había más allá de la siguiente roca y así fui descubriendo más de este mundo natural que me vio nacer”.

A medida que fue creciendo nació su intención de ir retribuyendo a su comunidad, le tocaba a él comenzar a construir su propio legado y transferirlo. Fue ahí que conoció el turismo y no lo sacó nadie, una historia llena de compromiso y constancia. “Siempre complementé la navegación con el relato de científicos, aprendiendo más de las especies. El ecosistema acá es tremendo y siempre quieres saber más, buscando por revistas, diarios, reportajes”.

En esa búsqueda “me pillé un diario viejo, como del 96’, que hablaba de la matanza de delfines y me dio una pena enorme. Ahí yo ya sabía que mi sueño era trabajar en el mar, a pesar de que todos me decían que me fuera de la caleta para ser ingeniero o algo así”. Pero esa no era su vida destinada de Luis, lo intentó en la construcción, pero al minuto que se puso un casco y agarró la picota se sintió mal, algo le faltaba. Estuvo ahí solo un par de meses y volvió a la caleta. Lo primero que hizo fue subirse a un bote para ir a ver ballenas.

Sus inicios en el turismo

Luego de su retorno, Luis hizo sus cursos para ser capitán y comenzó un acercamiento más directo con el turismo, por esos años eran pocos los visitantes que llegaban. Ya en un inicio les transmitía con entusiasmo las maravillas que había en la caleta Chañaral, en la isla, sobre todo sus animales donde siempre han destacado las enormes ballenas. En la temporada estival, aproximadamente desde principios de noviembre a fines de abril, la zona es testigo de un espectáculo donde quienes se roban la película con mayor frecuencia son las ballenas fin, que se congregan consistentemente en la zona para alimentarse. A ellas se suman muchas veces ballenas jorobadas y azules, además de avistamientos ocasionales de orcas.

Ya por el año 2005, con la ayuda de unos amigos pudo tener su primer bote. La emoción era enorme y por supuesto que lo festejó rompiendo una champaña antes de echarlo al agua, celebración que se vio interrumpida porque entre tanta euforia había olvidado ponerle el estanque de bencina. Lo bautizó orca, luego de desechar el nombre Yubarta luego que un amigo pensara que había dicho Chewbacca. Además, “Orca” era más fácil de recordar.

Acondicionó la embarcación con butacas para que a la gente no le doliera la espalda, “esto me trajo problemas, porque de inmediato todos querían subirse al bote que tenía butacas y la gente se amontonaba, además su color era llamativo, amarillo y gris por dentro, una orca pintada y en el alerón decía que era el 4×4 del mar.” Muy pronto necesitó una embarcación más grande, pasando de una capacidad de 12 a 24 pasajeros.

Creando lazos

La televisión hizo que la caleta se volviera más famosa luego de una nota que le hizo su amigo Carlos Aguilar y el periodista Alipio Vera. Después de eso los contactaban desde diarios, revistas y la televisión. Por supuesto que ahí empezó a llegar mucha gente y también llamó la atención de Sernatur, el Servicio de Impuestos Internos, Sernapesca y la Armada, pero también de universidades y ONGs.

De ahí surgieron experiencias muy provechosas, tanto para Luis y su proyecto, como para la comunidad completa, “por esa época comenzamos a participar de charlas, capacitaciones de avistamiento de mamíferos y aves marinas, aprovechando cada oportunidad para capacitarnos más y cumplir a fondo el reglamento, sabiendo que con eso estábamos cuidando a los animales de la zona y a la caleta. Sembramos para el futuro, ahora se ve todo limpio”.

Comenzaron a formar lazos con gente de otros países, colaboraron con investigaciones sobre acústica de ballenas, apoyando en la instalación de hidrófonos. Los invitaron a seminarios internacionales para compartir las experiencias de turismo responsable con gente de Perú y Argentina, ganando conocimiento que aplicaba y compartía. Entre estas actividades y conversatorios con personas vinculadas a la investigación de las ciencias del mar pudo conocer a Sylvia Earle.

Su rostro evidencia admiración al recordarla, «fue invitada a bucear, a conocer nuestra reserva y se maravilló tanto de la gran cantidad de fauna de la isla que lo denominó un Hope Spot (sitios de particular interés para la conservación de los océanos en el mundo por su gran biodiversidad), para que veas como está catalogada Isla Chañaral. Cada vez que cuento eso en los tours es súper grandioso, te llena de orgullo”.

También aportan desde la foto identificación, donde los turistas en la embarcación también pueden colaborar con sus cámaras. “Vamos registrando todos los viajes, queremos hacer un turismo de aprendizaje donde además conozcamos más a los animales de la zona, hay ballenas que ya las conocemos bien, les ponemos nombres, las vemos con sus crías. Hay una jorobada que la venimos siguiendo desde el 2013, comparándola en catálogos de Perú, Ecuador o Costa Rica, para saber dónde anda. Con las ballenas fin, hay algunas que vemos desde el 2007. Cada vez que podemos, fotografiamos orcas, el mismo macho que vimos acá lo vieron en Mejillones. Mi hermano hizo el primer registro certificado de piquero café a nivel nacional”.

Extractivismo al asecho

En Chañaral de Aceituno básicamente todo es artesanal, no hay grandes barcos o instalaciones que interrumpan la vista a la naturaleza, todo se nota hecho con amor por el lugar que ha visto nacer y crecer a sus familias. “Nosotros estamos empoderados del lugar, si hay que limpiar, limpiamos entre todos, si hay que hacer algo a beneficio de alguien de la comunidad, nos juntamos y lo hacemos”.

Con la fama también vienen las amenazas, y por eso que cuando una empresa grande de turismo, con barcos con helipuertos quiso instalarse en la zona, la comunidad se unió para armar una mesa de protección de la reserva marina donde se exponían los problemas y las posibles soluciones, la cual hasta la fecha funciona. De acá surgió también un plan de protección que regulaba la cantidad de embarcaciones que pueden estar en la zona, la cual sirvió como instrumento legal para frenar el aterrizaje de la empresa en la caleta.

Pero la mayor amenaza duerme paciente entre el lobby minero, el proyecto Dominga, que hace 8 años está en trámite en la zona de La Higuera, donde sigue judicializada por el impacto ambiental que podría tener el proyecto de explotación de hierro en la zona. A la gente de la caleta nunca la incluyeron, ya que, a pesar de estar a menos de 30 minutos de la Región de Coquimbo, donde busca instalarse Dominga, a la empresa no le convenía convocarlos para consultarles, incluso si los desechos de relaves afectarían directamente la hermosa biodiversidad de la zona.

“Fuimos a marchar a La Serena, fuimos al Congreso, yo en este tiempo era dirigente del sindicato y con mi amigo Ángel fuimos a exponer nuestra preocupación respecto a esta mega minera, nos escucharon, aportamos nuestro granito de arena para parar esto, pero no sabemos hasta cuándo estará dormido”. A pesar de estar actualmente rechazado, el proyecto constantemente asoma sus colmillos extractivistas recordando que no hay que bajar la guardia.

Para mantener vivo el espíritu de conservación entre los habitantes de la zona, han creado una especie de escuela donde invitan a jóvenes a embarcarse y aprender junto a ellos, “así como a nosotros nos enseñaron, ahora nos toca devolver la mano con las nuevas generaciones del lugar, pueden venir todas las veces que quieran. Esto lo hacemos porque hay una preocupación fuerte, pero ya despertamos, no van a seguir metiendo el dedo en el ojo con estos megaproyectos que se legislan escondidos, la gente joven está muy interesada en el medio ambiente y eso es muy bueno, tú los ves acá recogiendo y devolviéndoles los envoltorios a los adultos que los tiran al suelo”.

Con miras al futuro

Las personas que han aterrizado en el aeropuerto de Santiago por el sector de vuelos nacionales, de seguro han podido ver luego de recoger el equipaje una fotografía de una enorme cola de ballena azul, “esa foto es mía, cuando la vi por primera vez ahí no podía creer donde estaba en ese momento, desde donde había partido, parecía loica con el pecho inflado”.

La constancia, dedicación y sentido de pertenencia han hecho que llegara hasta ese lugar, con la humildad de quien no pretende ser un referente, sino que un constante aprendiz que busca democratizar ese conocimiento entre su comunidad para cuidar el lugar que lo vio nacer y donde se siente con vida. El futuro parece esperanzar, “de aquí solo hacia arriba” repite constantemente, pero sin referirse solamente a un bienestar económico, sino que a la efectividad en la transmisión y amplitud del mensaje de protección de la zona.

“Veo a muchas personas ingresando al área del turismo, viéndolo como una oportunidad para canalizar la preocupación por el océano, veo con esperanza que las generaciones nuevas están optando más por la observación y la empatía que por la extracción desmedida”, comenta con un rostro sereno que reflejaba el atardecer de la caleta a través de la videollamada por la que nos contactamos. Es fácil reconocer esa cara, es la misma de paz absoluta que he tenido las veces que he visitado el lugar, que Luis tiene la suerte de llamar su hogar.

Así lo concibe él también, “el mar es mi casa, la isla es mi patio y los animales son mis amigos. Estoy agradecido de estar en este lugar, me siento privilegiado de haber nacido acá. Desde chico me empapo de naturaleza, tengo conexión con algunas nutrias, pingüinos y delfines. Yo mi caleta no la cambio por nada”.