Por Valeria Araya

Seguramente hemos escuchado más de una vez sobre la gran isla de plástico que flota frente a las costas chilenas, pero como no la podemos ver, nos cuesta imaginar sus dimensiones.

¿Cómo la descubrieron?

En la década de los 70, investigadores canadienses del departamento de oceanografía química de British Columbia cruzaron el océano Pacifico, desde Tokio hasta la costa de California, con el objetivo de estudiar los pequeños organismos que habitan en mar abierto. Sin embargo, en sus redes quedaron atrapados pequeños trozos de plástico. Luego, en la década del 80, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) caracterizó este hallazgo como un parche de basura en el sector Este del Pacífico Norte. Pero no fue hasta 1999 que la isla de basura llamó la atención, cuando Charles Moore, un capitán de navegación californiano, quien navegando por el Pacifico norte de vuelta de una competencia náutica, se encontró con la gran isla de basura flotante. Lo que vio lo dejó impactado: kilómetros de basura acumulada en medio del océano. Al llegar a California alertó de su hallazgo al oceanógrafo Curtis Ebbesmeyer, y creo la fundación Algalita para estudiar y concientizar sobre esta problemática.

Estas islas de basura se forman en los puntos donde las corrientes oceánicas y los vientos convergen, llamados giros oceánicos. Los giros permiten que los nutrientes y el oxígeno se muevan por el mar, manteniendo la vida marina tal y como la conocemos. Cada océano posee sus propias corrientes y giros, lamentablemente en la mayoría de estos ya existen acumulaciones de plásticos que han formado islas flotantes.  Marcus Eriksen, científico y fundador de del instituto 5 Gyres que estudia la contaminación plástica en el mar, describe estas islas flotantes más bien como “nubes de smog” de pequeños plásticos, similares a las nubes contaminantes en las ciudades. Por lo que no es posible tomar fotos satelitales de estos parches de basura, ni podríamos caminar sobre estas islas. Por lo tanto, a los científicos les cuesta calcular su verdadera dimensión, y a nosotros imaginar su magnitud.

Debido a la acción de los vientos (flechas amarillas) y rotación de la tierra, las corrientes cálidas (flechas rojas) y frías (flechas azules) forman remolinos llamados giros oceánicos (flechas blancas). Como vemos en el esquema, frente a la costa de Chile se encuentra el giro del Pacifico Sur.

En el océano Pacifico hay dos grandes giros: el del hemisferio Norte, frente a la costa de California y el del hemisferio Sur, ubicado frente a Chile. Y para nuestro pesar, en el año 2013 los investigadores de la fundación Algalita publicaron los resultados de una expedición al giro del Pacifico Sur, confirmando que, al igual que en el hemisferio norte, se están acumulando grandes cantidades de plástico de diversos tamaños en el centro del giro (Eriksen, 2013).

Así se ve la mayoría del plástico que flota en medio del océano.

¿Cómo afecta la isla al ecosistema marino?

El plástico que se acumula en el giro del Pacífico Sur proviene de diferentes artículos que alguna vez estuvieron en el continente, siendo utilizados por alguno de nosotros. Botellas, tapas, cepillos dentales, contenedores y bolsas, la lista es sumamente larga y sigue creciendo. ¿Qué cosas usaste a diario, o que usaron tus abuelos, y que ahora podrían estar en esa isla? Imagínense, cuando los investigadores revisaron los artículos plásticos de la isla de basura del Pacífico Norte, solo a 50 se les pudo identificar la fecha de producción, ¡Y la mitad eran de los 90’ o más antiguos!

Pero esta isla frente a Chile puede parecernos lejana, incluso inofensiva, después de todo es como una “nube” gigante que flota sobre el mar a cientos de kilómetros de la costa, pero la verdad es todo lo opuesto. La vida marina es gravemente afectada por los desechos plásticos que llegan al océano. Los plásticos de gran tamaño pueden atrapar y enredar a grandes animales. Las tortugas marinas son uno de los grupos más afectados por la contaminación de plásticos, ya que además de tener probabilidades de enredarse con redes o cuerdas debido a su comportamiento migratorio, se han reportado muchos casos en que confunden bolsas plásticas con su principal alimento, las comen y terminan atrofiando su sistema digestivo. Las aves marinas por otro lado también son uno de los grupos más vulnerables. Aquellas que sólo se alimentan de peces suelen ingerir plástico de forma accidental, acumulando grandes cantidades dentro de su estómago. Incluso se ha reportado que las aves están utilizando basura para hacer sus nidos (Thiel, 2018).

Tortuga enredada en redes de pesca». Foto: Kate Charles, Ocean Spirits

El mayor componente de la isla es el microplástico, trozos que no superan los 5 mm y que se origina de artículos plásticos de mayor tamaño que, al estar expuestos al agua salada, sol y golpes por el movimiento del mar, se fragmenta cada vez en trozos más pequeños. Peces y crustáceos consumen accidentalmente estos microplásticos, el que se acumula y se traspasa a través de las redes tróficas a los animales más grandes. Entre esos “animales más grandes” estamos nosotros, consumiendo peces y mariscos que probablemente ya contienen microplásticos, y aunque no se sabe bien cuáles son los efectos en nuestra salud, nada bueno se pronostica. Infertilidad, obesidad, cáncer y alteraciones hormonales son algunas de las potenciales consecuencias que tendría el microplástico dentro de nuestro organismo (Sharma, 2017).

Foto: Fernanda Barilari e Ivan Torres publicadas en Thiel 2018

Entonces, ¿Qué podemos hacer?

Según el Foro Mundial de Economía, para el 2050 habrá más plástico que peces en el océano. No es una metáfora, no es ficción, es la realidad que nos hemos encargado de construir gracias al descomunal consumo de un material no degradable, que en un principio se creó para solucionar problemas. Por ejemplo, gracias al plástico muchos procedimientos médicos bajaron su costo y garantizaron ser estériles. Sin embargo, debemos preguntarnos si es necesario que todo lo que compramos en el supermercado se envuelva en plástico, que de estos solo se recicle el 20% y que para tomar agua necesitemos una botella plástica, que su vida útil fue de algunos minutos, y su degradación tardará más de 500 años.

Cada acto cuenta, evitar el uso de vasos desechables en una cafetería entrega un mensaje al vendedor, y hará que se plantee opciones más sustentables.  Lo mismo pasa con las bombillas, las bolsas, las compras a granel. Exijamos cambios a nivel local, porque tendrán un impacto a nivel global ¡Nuestro poder como consumidores es más grande del que creemos! Cada uno de nosotros puede ser parte de la solución, evitando que la isla de plástico en el océano Pacifico siga creciendo.

Sobre la autora: Valeria es bióloga marina de la Universidad Austral de Chile. Realizó su tesis de pregrado estudiando efectos potenciales de la  contaminación por antibióticos en aves playeras migradoras y actualmente continua interesada en comprender el impacto de la actividad humana en el borde costero.

  • Literatura Citada

Eriksen, M., Maximenko, N., Thiel, M., Cummins, A., Lattin, G., Wilson, S., … Rifman, S. (2013). Plastic pollution in the South Pacific subtropical gyre. Marine Pollution Bulletin, 68(1-2), 71–76.

Sharma, S., & Chatterjee, S. (2017). Microplastic pollution, a threat to marine ecosystem and human health: a short review. Environmental Science and Pollution Research24(27), 21530-21547.

Thiel, M., Luna-Jorquera, G., Álvarez-Varas, R., Gallardo, C., Hinojosa, I. A., Luna, N., … & Portflitt-Toro, M. (2018). Impacts of marine plastic pollution from continental coasts to subtropical gyres—fish, seabirds, and other vertebrates in the SE Pacific. Frontiers in Marine Science5(238).

Wong, C. S., Green, D. R. & Cretney, W. J. Quantitative tar and plastic waste distributions in the Pacific Ocean. Nature 247, 30–32 (1974).


Valeria Araya

Valeria es bióloga marina de la Universidad Austral de Chile. Realizó su tesis de pregrado estudiando efectos potenciales de la contaminación por antibióticos en aves playeras migradoras. Actualmente, continúa interesada en comprender el impacto de la actividad humana en el borde costero.

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