Por Alex Muñoz Wilson

Un nuevo emprendimiento busca criar leones y tigres en la Patagonia para vender su carne. Estarán confinados en jaulas en medio del bosque nativo – en algunos casos en tierras indígenas – y serán alimentados con pellets hechos de carne de guanaco.

Como estarán tan hacinados se espera que presenten un aumento explosivo de bacterias. Por eso se usarán unas 400 toneladas de antibióticos al año para que no mueran. Los antibióticos generarán resistencia en las bacterias y en un tiempo ya no responderán a los tratamientos.

También se sabe que los leones y tigres se escaparán de vez en cuando y se comerán a pudúes, huemules, cóndores, albatros y ganado, competirán por alimento con ellos y les transmitirán sus enfermedades.

Las empresas emprendedoras aseguran que será un negocio redondo. Los dueños tendrán utilidades millonarias y se crearán miles de empleos. Pero también saben que cada cierto tiempo se producirá una crisis sanitaria tan grande que matará a gran parte de los leones y tigres en cautiverio. Para reducir los costos, lo primero que harán es despedir a gran parte de sus trabajadores. Los miles de cadáveres de los animales serán arrojados al mar.

Suena aberrante, ¿no? Lamentablemente, esto ya lo hacemos en el mar patagónico chileno hace más de 30 años con la cría de salmónidos (salmones y truchas), especies que no son nativas de la Patagonia, sino que exóticas e invasivas, además de ser carnívoras y muy voraces.

Se trata de una actividad con impactos ambientales altísimos y ampliamente documentados. Una actividad efectuada en la Patagonia, uno de los ecosistemas más valiosos del mundo – tanto como el Amazonas o el Serengeti -, por un gremio empresarial que ha demostrado hasta el hartazgo que no es confiable.

Salmones en cautiverio © Shutterstock

En innumerables ocasiones, las empresas salmoneras han negado sus impactos en el ambiente, desconociendo las opiniones expertas de científicos y ocultando información de sus nocivas prácticas. Además, prometieron una y otra vez que resolverían sus problemas de manera voluntaria, y que las leyes estaban demás.

Así, anunciaron con pirotecnia acuerdos de producción limpia en los años 2002, 2008, 2015 y 2018. Estos compromisos que dependían solo de ellos quedaron fundamentalmente incumplidos, los problemas no se resolvieron y las leyes que debían aplicárseles quedaron debilitadas.

Incluso hoy las salmoneras están obteniendo un “certificado verde” del Aquaculture Stewardship Council (ASC) que acredita que producen responsablemente. Ya es contradictorio que se le otorgue este tipo de certificados al cultivo de una especie invasora, pero además hay enormes dudas sobre lo que realmente informa a los consumidores.

El 21 de junio de 2018, el centro de cultivo Punta Redonda de Marine Harvest (hoy MOWI) recibió el certificado ASC que, entre otras cosas, señala que no se pueden escapar más de 300 peces al año de sus jaulas. Solo tres semanas después, se escaparon de este centro 690 mil peces tratados con antibióticos, al mar abierto.

El uso de antibióticos en la salmonicultura en Chile, a pesar de unas tibias mejoras, sigue siendo el más alto del mundo para el rubro (322 mil kilos de antimicrobianos el 2018, mientras que Noruega usa menos de mil), desoyendo advertencias de la Organización Mundial de la Salud que ha advertido el riesgo de aumento de la resistencia bacteriana y la posible pérdida de efectividad de antibióticos en humanos.

El caligus, o piojo de mar, es un parásito fuera de control en Chile. Los piojos de mar adheridos a la piel de los salmónidos debilitan su sistema inmune, afectando su crecimiento y pueden hasta provocarles la muerte. Solo en el último año subió de 4 a 16 el número de Centros de Alta Diseminación parasitaria con alta presencia de estos piojos.

Salmon con caligus © Salmonexpert.cl

Con la crisis del virus ISA el 2008 las empresas despidieron a 17 mil trabajadores y el país sufrió 3500 millones de dólares en pérdidas. Dejaron sus jaulas abandonadas en lugares que antes eran prístinos y en algunos casos las hundieron con los peces adentro. Este virus, que antes no existía en Chile, se ha ido expandiendo junto con la industria, llegando hasta Magallanes.

Los trabajadores han sido el regulador de los costos de estas empresas, el cojín para las pérdidas que ellos mismos provocaron por una forma de producir, y que sabían que tenía riesgos. Luego del virus ISA, los despidos masivos han continuado cada vez que hay una crisis, como la de la floración algal nociva de 2016 que, además, los llevó a arrojar 9 mil toneladas de salmones muertos al mar.

Ahora, el gobierno y la industria pretenden relocalizar salmoneras hacia la nueva reserva nacional Kawésqar, afectando directamente a comunidades indígenas y deteriorando una zona de un valor ecológico excepcional.

La Patagonia es un gran ecosistema interconectado donde enfermedades, parásitos y especies invasoras pueden transmitirse fácilmente. Por eso no basta con proteger solo unas pocas áreas consideradas prioritarias para la conservación y permitir las salmoneras en el resto. La protección de la Patagonia frente a actividades de tan alto impacto debe ser total.

La salmonicultura nunca va a ser una actividad sustentable en la Patagonia y debiera retroceder progresivamente para dar paso al desarrollo de actividades como el turismo de naturaleza y pesca artesanal que, con el apoyo decidido desde el Estado y siguiendo estándares exigentes, pueden dar tanto o más empleo que las salmoneras sin destruir el medio que las sustenta.

Balsas jaulas de una salmonera © Shutterstock

A medida que Chile avanza hacia el desarrollo, y en un mundo que sufre amenazas graves y crecientes al medioambiente, debemos comenzar a abandonar aquellas actividades económicas que van en gran detrimento del planeta y reemplazarlas por otras que no pongan en severo riesgo sus lugares más salvajes y valiosos como la Patagonia.  Ya hemos agotado nuestra línea de crédito y no podemos seguir girando a cuenta de los pocos ecosistemas sanos que nos van quedando solo para generar crecimiento económico.

Sobre el autor: Alex Muñoz es el director para América Latina de National Geographic Pristine Seas, iniciativa que se dedica a encontrar, estudiar y proteger los últimos lugares prístinos del océano. Alex ha dedicado su carrera a la conservación marina, liderando junto a gobiernos y comunidades la creación de los 7 parques marinos más grandes de América Latina.