Texto realizado en colaboración con Ignacio Contreras, Núcleo Pintarroja de la Universidad de Chile.

Es común que se asocie a los tiburones con aguas cálidas, pero la verdad es que su distribución es global. Hay tiburones incluso en el Ártico, en aguas saladas o dulces, desde la superficie hasta cientos de metros de profundidad, y Chile no es la excepción.

Saber cuántos habitan los mares chilenos es un desafío importante que, hasta ahora, no tiene consenso. Utilizando herramientas genéticas y morfológicas, de vez en cuando se descubren nuevas especies, o a veces se descubre que dos especies en realidad eran solo una. Pero, para redondear, son aproximadamente 60 las especies de tiburones presentes en nuestro país.

Grandes, chicos, costeros y de profundidad

Si analizamos el sector costero, podemos dividirlo a grandes rasgos en zonas de fondos blandos (arenosos) y de fondos duros (rocosos). En los primeros, habitan especies como el tollo (Mustelus mento) o el angelote (Squatina armata), este último con la costumbre de enterrarse en la arena para acechar a sus presas. En los fondos rocosos crecen bosques de macroalgas, y podemos encontrar al pintarroja (Schroederichthys chilensis), que se distribuye desde Perú hasta aproximadamente Puerto Montt. Se trata de una especie muy común en este sector del Pacífico Sur y su tamaño máximo es de aproximadamente 70 centímetros, muy lejos de los gigantes devoradores de humanos que evoca la palabra “tiburón”. Se alimenta principalmente de noche, y su dieta incluye crustáceos, otros invertebrados y ocasionalmente peces.

Cerca de la costa también podemos encontrar al tiburón de 7 agallas (Notorynchus cepedianus), el cual es bastante más grande, llegando a medir hasta 3 metros. Esta es una especie generalista, es decir, se alimenta de una gran variedad de vertebrados e invertebrados marinos.

Mar adentro nos podemos encontrar con tiburones pelágicos, especies migratorias de mayor tamaño como el tiburón mako (Isurus oxyrinchus), el azulejo (Prionace glauca), el tiburón sardinero (Lamna nasus) o el pejezorro (Alopias vulpinus), cuya cola ocupa la mitad de su longitud. La alimentación de estos veloces cazadores varía dependiendo del tamaño, pero puede ir desde peces pequeños y calamares, hasta cetáceos menores.

Existen incluso casos registrados de tiburón blanco (Carcharodon carcharias) en los mares de Chile, siendo uno de los más recordados el lamentable ataque que sufrió un buzo mariscador en Los Vilos. Sin embargo, poco se sabe acerca de los hábitos de este emblemático pez en esta zona del Pacífico Sur.

Hay avistamientos, también poco comunes, de tiburón peregrino (Cetorhinus maximus), una especie de gran tamaño que puede llegar hasta los 12 metros. Estos son animales inofensivos que se alimentan filtrando zooplancton, pero su gran tamaño puede asustar a las personas. Casi todos los años se pueden ver ejemplares en el sur de Chile en la época veraniega, especialmente en Chiloé.

Si descendemos bajo los 200 metros a las profundidades del mar, donde hay poco o nada de luz,  encontramos el hábitat de la mayoría de las especies de tiburones chilenos, como la gata café (Bythaelurus canescens), el tollo pajarito (Deania calcea) o el tollo negro (Aculeola nigra). Este último, como buen miembro de la familia de los tiburones linterna, es una especie que puede generar su propia luz. Son especies en general bastante pequeñas, aunque también podemos encontrar algunas como el peje-humo (Hexanchus griseus), que puede llegar a medir hasta 5 metros, o el tiburón dormilón (Somniosus antarcticus), que alcanza los 6 metros de largo y lleva este nombre debido a su lento metabolismo y hábitos letárgicos. El tiburón dormilón es un familiar cercano del tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), y es probable que, tal como este último, pueda llegar a vivir varios siglos (un estudio1 sugiere que el tiburón de Groenlandia puede vivir entre los 272-512 años).

Rapa Nui, por otro lado, al ser parte de la Polinesia tiene muy poco que ver con el ecosistema de Humboldt y las especies que hemos mencionado antes. Acá se encuentran, sobre todo, tiburones de Galápagos (Carcharhinus galapagensis). Hay también registros de tiburones tigre (Galeocerdo cuvier), tiburón ballena (Rhincodon typus) y tiburón cigarro (Isistius brasiliensis) en esta zona, pero son poco abundantes.

Protegiendo a los tiburones chilenos

Los tiburones suelen no gozar de buena fama, a pesar de la sólida evidencia de que no representan un riesgo considerable para los seres humanos (más gente muere anualmente por el impacto de un rayo que por ataques de tiburón; estamos hablando de unas 5 fatalidades por año en todo el mundo). Su mala fama hace muy difícil generar algún tipo de empatía y, por lo mismo, es necesario mencionar que ellos cumplen una labor importantísima en el océano. Los grandes tiburones son depredadores tope, indispensables para mantener el equilibrio de los ecosistemas regulando las poblaciones de sus presas, mientras que tiburones pequeños también tienen un rol fundamental como mesodepredadores. Sin tiburones, el colapso de los océanos es inminente.

Por consecuencia directa de acciones humanas, algunas poblaciones de tiburones han disminuido en más de un 70%. Globalmente, alrededor de un 25% de las especies de tiburones y rayas se encuentran bajo la amenaza de la extinción.

La principal amenaza de los tiburones es la sobrepesca, es decir, la captura de más individuos que lo necesario para mantener una población de peces saludable2. Dentro de la sobrepesca se incluye la pesca dirigida (“quiero pescar tiburones”) y la pesca incidental (“quiero pescar merluza, pero también capturo tiburones en el proceso”). Si bien un gran porcentaje de los tiburones que caen en faenas de pesca se descartan al mar, existe una demanda global y local por la carne y las aletas de tiburón, estas últimas para elaborar la infame “sopa de aleta”, un plato sin valor nutritivo que nació en la China imperial por sus supuestos efectos vigorizantes y afrodisiacos, y que era de consumo exclusivo de los emperadores y su círculo cercano. Esto se conserva hasta hoy como sinónimo de status. Cada año aproximadamente 100 millones de tiburones mueren a causa directa de las actividades pesqueras.

A la sobrepesca también se suma la degradación del hábitat de los tiburones por contaminación (incluyendo los plásticos) y construcciones costeras, además del cambio climático, con el consiguiente aumento de la temperatura del agua y la acidificación de los océanos. Estos son problemas que afectan a las especies de todo el ecosistema marino.

En Chile, las especies costeras se pescan principalmente con redes artesanales. Aquí destaca el tollo, al que podemos encontrar tanto en las caletas como en grandes cadenas de supermercados. Se tiene registro del consumo de la carne de esta especie desde el siglo XIX, y sabemos que su desembarque llegó a su punto más alto en los años 80’, con hasta 1330 toneladas anuales. En los últimos años, las cifras fueron de 17 toneladas el 2018 y de 36 toneladas el 2019.

En el caso de las criaturas pelágicas, sobre todo en el norte, tiburones como el mako, azulejo, sardinero y pejezorro son pescados con espineles y redes. Acá hay que tener ojo, ya que es común ver en caletas y ferias libres la venta de filetes de tiburón bajo el nombre de albacorilla o, a veces, descaradamente como albacora (pez espada, Xiphias gladius). Al ser de tamaños similares, es muy fácil confundirlas, pero la clave es fijarse en que los tiburones tienen las vértebras más pequeñas y “manchas” de músculo rojo más oscuro al costado (vs. un músculo oscuro en forma de “V” en el caso del pez espada). Que no te vendan tiburón por albacora.

Algo que hace difícil la conservación de condrictios en Chile es la falta de regulación, aunque se debe destacar que desde 2011 se prohíbe el aleteo en el país (Ley N° 20.525). Esto significa que los tiburones deben llegar con sus aletas aún adheridas naturalmente a la hora de desembarcar, pero posterior a eso pueden ser perfectamente fileteados y sus aletas vendidas.

Las únicas especies protegidas son el tiburón blanco, el peregrino y el ballena (D.S. N° 81 de 2009), luego de ser incorporadas en los apéndices de CMS y CITES, pero que, como ya revisamos, son transitorias y de poco interés comercial. La inclusión de otras especies en esos apéndices, como el mako o el sardinero, han tenido hasta ahora poco impacto en su protección en Chile al ser especies comerciales. Los planes de explotación sustentable de esas especies, para poder exportarlas según lo que establece la convención de CITES, se encuentran en desarrollo, pero aun así, la inclusión en CITES/CMS no tiene injerencia en el comercio local.

Una buena noticia es que, desde el 26 de junio de 2021, todos los condrictios (tiburones, rayas y quimeras) que se capturen de forma incidental (es decir, excluye aquellos capturados en pesca dirigida) deberán ser devueltos al mar, de acuerdo al protocolo establecido en la Resolución Exenta N° 2063 de la SUBPESCA. Esto es un gran paso, aunque no elimina el problema de base, porque muchos de estos ejemplares ya están muertos al momento de la devolución. A todas estas situaciones se suma un marcado problema de monitoreo a nivel nacional, para confirmar que lo reportado es lo que efectivamente se extrae. Además, en el listado de especies del Ministerio del Medio Ambiente, ningún tiburón cuenta con categoría de conservación.

Definitivamente, aún hay un largo camino que recorrer en nuestro país. Es necesario involucrar más a la comunidad, visibilizar las amenazas que sufren estas especies y apoyar a la ciencia local para poder generar más estudios e investigaciones que contribuyan al conocimiento y la conservación. Siempre es bueno recordar que nuestro planeta funciona de manera interconectada, por lo que cualquier acción que hagamos para reducir nuestro impacto, por ejemplo, reduciendo nuestra huella de carbono o el uso de plásticos, va a tener una repercusión en los ecosistemas. Aunque esto  depende en gran medida de voluntades políticas y privadas, el rol de la ciudadanía es clave para presionar y exigir políticas públicas adecuadas.

  1. Nielsen et al. 2016. DOI: 10.1126/science.aaf1703
  2. En términos técnicos, hablamos de sobrepesca cada vez que la mortalidad por pesca, F, sea mayor a la mortalidad que produciría un rendimiento máximo sostenible, FMSY.