Aunque parezca lejano en nuestro quehacer diario, el océano nos mantiene con vida. Es una de nuestras principales fuentes de alimento y medicamento, nuestra calefacción y aire condicionado más eficiente y nuestra fuente de inspiración y asombro más extensa. Las áreas marinas protegidas son una herramienta eficiente para proteger la biodiversidad marina y para garantizar nuestra subsistencia a través de la entrega de diversos servicios ecosistémicos[1] tales como provisión de alimento, secuestro de carbono y oxigenación del planeta.

A pesar de la relevancia del océano en nuestras vidas, solamente el 2,7% a nivel global está bajo algún estado de protección, principalmente porque existen conflictos entre los diferentes usos del espacio marítimo (concesiones de pesca, acuicultura, turismo, producción de energía, tráfico marítimo, y otras actividades extractivas). Por ende, se requiere de un marco de trabajo y herramientas que permitan a los tomadores de decisiones, políticos y personas de la comunidad civil diseñar estrategias de protección que permitan la entrega de los servicios ecosistémicos a largo plazo, integrando distintas escalas espaciales y temporales.

Bosque de Huiros, foto por Catalina Velasco

Basado en la recopilación extensa de datos mundiales (datos de pesquería, inventarios de la biodiversidad marina, de secuestración de carbono), un equipo liderado por el ecólogo marino Enric Sala trabajó en elaborar un marco teórico que permite 1) priorizar áreas de conservación marina y 2) simular escenarios de conservación que tomen en cuenta las escalas nacionales e internacionales en el marco de protección. Este trabajo fue publicado a inicio de 2021 en la prestigiosa revista científica Nature.

El método está basado en la definición de 3 servicios ecosistémicos principales que entrega el océano mundial: resguardar la biodiversidad, garantizar una actividad pesquera que permita nutrir a la población humana, y aumentar el secuestro de carbono para mitigar los efectos del cambio climático (resumidos como biodiversidad, alimento y clima).

Nuestras vidas están altamente ligadas a la calidad de estos servicios, es decir si se alteran uno o varios de estos servicios, nuestra sobrevivencia está amenazada. Así, a cada uno de los tres componentes se les atribuye un peso dependiendo de las prioridades que cada país quiere/ puede dar a estos ítems y al nivel de coordinación que existe con países vecinos y de afuera. Por ejemplo, si un país tiene la voluntad y los recursos para proteger y restaurar la biodiversidad, ante todo, se coloca un peso mayor a este ítem respecto a los otros. Los autores elaboraron distintas simulaciones, primero para entender cuanta fracción del océano necesitaría ser protegida para que estos tres componentes se mantengan en niveles suficientemente altos como para seguir entregando sus beneficios, y segundo para saber en qué medida un esfuerzo colaborativo a escala global sirve para alcanzar esta fracción del océano protegido.

Foto por Hélene Dubrasquet
Foto por Hélene Dubrasquet

De manera interesante, encontraron que las zonas con alto potencial de conservación son las áreas costeras (entre la costa y 200 millas náuticas), ya que brindan la mayoría de los servicios ecosistémicos al ser humano. Existen áreas con alto potencial de conservación en alta mar, como montes submarinos o cadenas de montañas submarinas, pero alcanzarles es muy difícil y costoso.

Las simulaciones arrojaron distintos porcentajes de protección del océano global según el ítem que se quiere proteger. Por ejemplo, si se le da el mismo peso a la producción de alimento y a la protección de la biodiversidad, tendríamos que proteger casi la mitad del océano (el 45%), así se protege el 71% de la biodiversidad, se produce un 92% de alimento y un 29% de secuestro de carbono. Es decir, si protegemos a la mitad del océano, estamos salvados.

El estudio también expone que si protegemos hasta un 71% del océano aseguraríamos un 91% de la biodiversidad y casi 50% de secuestro de carbono, sin efecto sobre el alimento. Es decir, la actividad de pesca no se vería afectada por estas medidas de protección ya que habría alcanzado un tope.  Al contrario, si priorizamos la producción de alimento a través las actividades de pesca y que la biodiversidad no tenga peso, tendríamos que proteger solamente un 28% del océano global, y eso garantizaría por efecto en cascada el resguardo de un 35% de la biodiversidad y un 27% de secuestro de carbono.

Estas simulaciones demuestran la interconectividad que existe en el océano y sus consecuencias sobre la eficiencia de los servicios ecosistémicos. Al privilegiar la protección de un tipo de servicio ecosistémico en particular (i.e provisión de alimento), también estamos favoreciendo otros tipos de servicios (i.e secuestro de carbono y resguardo de la biodiversidad). Lo que llama la atención es que los porcentajes dados por estas simulaciones están bien lejos de la cifra de 2,7% del océano global protegido hoy en día. Aún nos queda harto trabajo por adelante.

Foto por Hélene Dubrasquet
Foto por Hélene Dubrasquet

Además, los autores insisten en que un esfuerzo global sería mucho más eficiente que un esfuerzo nacional y una ausencia de coordinación entre países. Es decir, si los países siguen actuando a nivel nacional, nos demoraremos más tiempo en alcanzar una fracción del océano protegido a comparación de si actuamos a nivel global.

Diseñar una red de protección marina gracias a la implementación de áreas marinas protegidas conectadas entre ellas es clave para poder lograr objetivos de conservación que permiten asegurar la entrega de estos servicios ecosistémicos (biodiversidad, alimento y clima). Particularmente, se requiere elaborar planes financieros consecuentes para apoyar a los países que tienen áreas con un alto potencial de conservación y pocos recursos asociados, como es el caso en las zonas costeras de varios países del hemisferio Sur.

La década 2021-2030 está enmarcada en un programa de las Naciones Unidas llamado “La Década de los Océanos”, donde se lanzan acciones que incitan las ciencias aplicadas a una mejor gestión de nuestro espacio oceánico. Estudios como el del equipo de Enric Sala ayudan a una mejor comprensión de la interconectividad a nivel oceánico y fomentan acciones de conservación con objetivos múltiples en sinergia con una coordinación y cooperación internacional. El eslogan de esta década “La ciencia que necesitamos para el Océano que queremos” resume muy bien los desafíos que quedan por adelante. Necesitamos de todas las buenas voluntades, mejores cerebros y mucho amor y dedicación para que nuestros océanos sigan vivos.

[1] En breve, los servicios ecosistémicos definen la entrega de beneficios desde la naturaleza para la humanidad y la identificación de estos servicios permite otorgarles un valor monetario.