Isla Guadalupe, ubicada a 400 kilómetros de la costa del Pacífico mexicano, siempre tuvo un toque épico para mí, ese remoto lugar de origen volcánico donde habitan enormes y majestuosas criaturas mitológicas. Después de casi un día navegando con un cielo nublado, a lo lejos se veía un agujero que daba paso a un rayo de sol, cada minuto era más grande ese brillo. Al poco rato ya era evidente que lo que generaba esta pantalla que bloqueaba a las nubes eran las montañas de la isla. Básicamente toda la vida añorando ese momento y ahí estaba, frente a mis ojos, escondida de la humanidad en un cilindro de luz entre la oscuridad. La impecable panorámica solo podía ser superada con lo que había debajo del agua: tiburones blancos, muchos.

Para mí fue bien loco, porque recién había sacado mi licencia de buceo, no tenía nada de experiencia más allá de las inmersiones para la certificación (aunque, como dato, no es necesario tener licencia para estar en las jaulas de superficie en Guadalupe). Fueron años ahorrando, caminando todo lo que pudiera para guardar hasta la plata de la micro o trabajando doble turno en vacaciones, por lo que el goce era absoluto.

Me pasé casi toda la noche en cubierta mirando al agua a ver si veía alguna aleta, pero nada. Al entrar al camarote a dormir, no podía parar de mirar la ventanilla que estaba a pocos centímetros de la superficie del agua. No me di ni cuenta y ya era la mañana siguiente, un desayunito y ¡al agua!

La gente empieza a entrar bien temprano en grupos de tres personas, bien estructurados los horarios. Mis acompañantes eran Jay Clue y Sze Wei, nombres que evidencian la diversidad que había en nuestra jaula. Ni te explico la sensación de estar metiendo los pies en el agua por primera vez, las rodillas, cintura y hasta estar con los hombros, unas cosquillas recorriendo todo el cuerpo y al meter la cabeza en el agua fue ver una porción del paraíso: aguas impecablemente cristalinas, llenas de vida y una visibilidad enorme. No quedaba más que esperar.

El corazón latiendo a mil, pero no de miedo. Eran mil ansiedades de infancia acumulándose durante toda mi vida para este momento. Mirando hacia todos los ángulos posibles, mirando un par de minutos en una dirección y en otra, siempre chequeando con Jay y Sze. Nada.

Llegó el momento de salir, “¿Seré yeta? ¿Seremos justo el grupo que viene a Guadalupe y no ve tiburones?”. Tuvo que pasar toda una ronda de inmersiones para volver a entrar al agua. Pasaron los minutos, se hacían eternos. Sabía que estaban ahí, obvio que sí, ni una duda. Pensando mil cosas en simultáneo, esto para mí era una consolidación de una etapa de la vida, cerrar una etapa, abrir otra y todo aquello.

Estábamos todos mirando en la misma dirección, hasta que me giré sobre mi hombro izquierdo. Ahí, a unos 3 metros, un hermoso tiburón blanco. No sé en qué momento se acercó ni desde dónde. Daba lo mismo. Lo primero fue avisarle a mis camaradas que en ese mismo momento pasaban a formar parte de uno de los episodios más importantes de mi biografía, inmortalizados en esta travesía épica. Puse la palma extendida sobre la cabeza, avisándoles que había uno ahí. No podía creer que estuviera haciendo esa señal.

Impecable, si tuviera que describirlo en una palabra. Yo lo vi un tiburón gigante, después comentaron que era un macho pequeño de aproximadamente 1,5-2 m. La claridad del agua permitía ver cada detalle mientras avanzaba por el costado de las rejas, estaba demasiado cerca, no lo podía creer. Intentaba poner la mayor atención que pudiera en todas las partes de su cuerpo, el brillo del agua en sus escamas, los dientes, las ampollas de Lorenzini, sus profundos ojos y la elegante forma en que se desplaza por el agua.

Mi fascinación por estos animales ha sido una columna vertebral en mi vida, tratando de siempre aprender sobre ellos para poder pasar la voz y que la gente que me rodea pueda saber más de estas increíbles criaturas. El tiempo pasó volando en ese éxtasis de admiración. Yo soy bien emocional en estas cosas, así que salí llorando y todo. Impactadísimo de lo vivido, mirando ahora desde arriba como se desplazaba sobre la superficie esa aleta que incontables veces miré en fotos y videos, con una sensación de paz que no podría describir.

Ahora solo quedaba disfrutar

De ahí en adelante fueron cuatro días en el barco, sin tocar tierra ya que está prohibido para turistas bajarse en la isla. Entrábamos unas seis veces a la jaula diariamente. Cada vez era más relajado el cronograma y podías estar horas en el agua, que además era de una temperatura muy agradable, podía estar sin traje y todo bien.

El espectáculo más fascinante era ver a los tiburones interactuar cuando habían muchos, llegué a ver nueve en simultáneo, embobado y sin terminar de acostumbrarme a tanta maravilla. Era muy evidente que socializaban con códigos milenarios, como que cuando llegaba alguien más grande había que despejar el paso. Como cuando llegaron las hembras el segundo día…

Tuvimos la suerte de verlo desde la jaula, todos los otros tiburones reaccionaron en simultáneo al ver la primera hembra que llegó, pasando a aguas más profundas tan rápido que se escuchaba el agua que movían. Era enorme, de más de cinco metros. Su masa y contextura destacaban demasiado en comparación a cualquier otro tiburón que hayamos visto hasta ese momento.

Cuando se acercó a nosotros a presentarse lo hizo pasando por el costado, a solo un par de metros con la mirada fija hacia adelante, solo desviando su eje por un instante para enfocar de reojo. Juro que hicimos contacto visual. Estuvo dando vueltas muchísimo rato. Esa tarde, el color del agua al atardecer hacía su show complementario, eran pirotecnia submarina.

He escuchado a mucha gente que lo que más les llama la atención en estas experiencias es la noción de que tiburones rodean las jaulas mirándote como una potencial presa, que tan solo tienen que descifrar cómo bajar la barrera que los separa para devorarte. Nada más lejos de la realidad. Te observan, obvio, eres una persona en una jaula en su territorio, ¿a quién no le llamaría la atención? Eso no significa que te vean como parte del menú.

La entrada a Isla Guadalupe tiene muchas restricciones para conservar el riquísimo ecosistema del lugar. Las embarcaciones que llegan hasta allá deben cumplir muchos requisitos, pero mi consejo es siempre estar alerta y que sea labor de cada asistente averiguar y fiscalizar que se estén cumpliendo los reglamentos de interacción con fauna silvestre, ya sea si eres entusiasta o profesional del área.

No sabría decir si los días se pasaron rápido o muy lento, solo que aproveché cada segundo de tener la dicha de estar cumpliendo un sueño que disputa el primer puesto de toda mi vida, pero ya finalizando el cuarto día llegaba el momento de despedirse. Ayudé a sacar las jaulas del agua y a guardarlas, me sentía lo más.

Cuando partimos de regreso, nos acompañaron durante varios minutos unos delfines y a lo lejos una ballena. Todo muy lindo, el sol brillaba. No pasó ni un minuto y sentimos un par de gotas cayendo, después varias más. En esos momentos una tormenta golpeaba el Pacífico mexicano y nosotros tuvimos que navegar entre cerros de agua y horas aguantando el mareo, canté victoria antes de tiempo porque varias veces había afirmado confiado que no me mareaba en el mar. Fue el final perfecto para esta travesía épica, la tormenta era un velo que nos separaba de ese mundo de fantasía.

Más allá de los motivos de goce y fascinación que pueden generar los tiburones por su aspecto visual, sus maravillosas habilidades de caza, su comportamiento social o incluso por los miedos que puedan generar en muchas personas, es necesario destacar que son especies muy amenazadas por el pésimo comportamiento y malas prácticas del ser humano. Ojalá este relato sirva, sobre todo, para incentivar a conocer más de estas especies que son piezas clave en todos los ecosistemas que habitan y necesitan de nuestra protección. Busca en tu comunidad local o virtual iniciativas para apoyar en la conservación de estas hermosas criaturas, que me siguen quitando el sueño a la espera de una nueva travesía para encontrarlas.