María Amenábar Cristi (25) estudió Ingeniería en recursos naturales renovables en la Universidad de Chile y actualmente es investigadora colaboradora del programa de ciencia ciudadana “Científicos de la basura”, en la Universidad Católica del Norte. Ha participado en diversas investigaciones, nacionales y extranjeras, relacionadas a la contaminación por plástico en el océano. María se embarcó durante un año en la expedición “The Swim” a lo largo del Pacífico Norte, con el fin de recolectar muestras de macro y microplásticos, dando a conocer la urgencia del problema.

Aficionada a la navegación a vela, comenzó haciendo dedo a veleros en Las Canarias, más adelante cruzó el tormentoso paso Drake en velero. Siempre busca formas de unir la navegación y la ciencia para investigar el problema del plástico en el mar. En esta nueva entrevista de “Mujeres de Mar” conocimos más sobre el trabajo de María, sus motivaciones, y la historia del plástico en Chile.

  • Sus inicios

María, ¿qué sentiste la primera vez que viste plásticos en el mar?

Cuando vi por primera vez plástico flotando en altamar, a miles de millas del continente más cercano, literalmente al centro del océano, sentí angustia y vergüenza. Vergüenza de que nuestro impacto llegara tan lejos, en un lugar del planeta donde no tenía que haber nada relacionado a los humanos, a lo más podría haber pasado otro barco a lo lejos. El océano es muy vasto, allá mar adentro uno casi no se topa con más barcos, se está muy lejos de los humanos, lejos de tierra. Miras alrededor y sólo ves mar en 360°, solo ves azul y nada más, entonces de repente ves una bolsa de plástico, un envase, una boya, una red, una botella, un vaso… me dio vergüenza. Me dio vergüenza ser parte de eso, tenía como una sensación de no querer ser parte. Con el tiempo entendí que lo único que podía hacer era tratar de ser parte de la solución, de tratar de evitar que siga llegando más plástico al mar.

¿Cómo ingresaste a Científicos de la basura?, ¿qué ha significado para ti?

Hice mi práctica profesional en el LIMPIO (laboratorio de investigación de microplástico en las islas oceánicas) de la Universidad Católica del Norte con el profesor Martin Thiel, que es el director del programa científicos de la basura.

Mi trabajo era analizar las muestras de microplástico que habían sido tomadas a lo largo de la costa de Chile y hacia Rapa Nui, pero al llegar ahí la cosa funcionaba en equipo, y todos los que investigábamos el plástico nos apoyábamos según lo que fuera necesario. No solo pasé en el laboratorio pegada a la lupa separando microplástico, sino que también me tocó ir a terreno, hacer muestreos de basura en las playas, hacer encuestas en la calle y ayudar en lo que fuera necesario.

Lo que más me gustó al conocer a los científicos de la basura, era la idea de la ciencia ciudadana, el foco principal del programa, en que la premisa es que todos podemos ser científicos y que podemos aportar en diferentes etapas. Me hizo creerme el cuento a mí misma para empezar mi camino en la investigación, y además, me encantó ver el potencial que tiene sobre los escolares, por mostrarles e involucrarlos en el problema del plástico en el océano, por familiarizarlos con el método científico y más encima al mismo tiempo estar generando datos confiables para la investigación. Es una sinergia perfecta en mi opinión y me recuerda día a día lo importante que es la educación ambiental y la divulgación científica. Desde ahí seguí colaborando con el programa a través de la investigación.

¿Cómo comenzaste a navegar?

Es bien divertida la historia, y un poco rara… En el tercer año de U me fui de intercambio a Italia, y cuando se acabó el intercambio decidí congelar la U y quedarme viajando, sin plan y trabajando a medida que lo necesitaba, solo sabía que quería aprender inglés, y que quería conocer… conocer, conocer, conocer. Con eso, perdí mi pasaje de vuelta a Chile, pero tenía un as bajo la manga, me habían dicho que se le podía hacer dedo a los veleros y que podía cruzar el Atlántico así. Empecé a investigar un poco más, averigüé dónde y cuándo tenía que ir a hacer dedo, qué tenía que decir y cómo buscar. Ahí supe que la clave era estar en el lugar correcto, las islas canarias, donde había millones de barcos preparándose para aprovechar los vientos alisios y cruzar el Atlántico.

Como podrán imaginar, resultó y terminó siendo no solamente la forma de devolverme, sino una travesía que cambió mi vida. El barco que encontré me dijo que cruzaba el Atlántico pero que primero iba a Senegal, que luego iba a navegar por Gambia hacia el interior, y después a Cabo Verde, para desde ahí cruzar el Atlántico y llegar a Grenada, una isla en el Caribe. Hicimos todo eso y fue increíble, cuando llegamos a Grenada tuve que buscar otro barco que me llevo a Curazao, y de Curazao a Cartagena en Colombia, ahí ya estaba en Sudamérica, así que bajé mochileando por tierra hasta Chile. Fue una experiencia que me cambió la vida, cuando llegué a Chile me di cuenta de que quería seguir navegando.

  • La lucha contra el plástico en el océano

Cuéntanos un poco de la expedición “The Swim”, ¿qué es lo que más rescatas de esa experiencia?

La expedición “The Swim” nace por el sueño de un francés medio loco que quería ser la primera persona en cruzar el océano Pacífico nadando, desde Japón hasta California. Él necesitaba un barco que le hiciera soporte y que lo acompañara durante la travesía, y además quería llamar la atención sobre la contaminación por plástico en el océano y contribuir a la investigación sobre el problema. Cruzar el océano de un lado a otro tan lento (al ritmo del nado) era la oportunidad perfecta para ir tomando muestras y haciendo mediciones sobre el estado actual del océano, con foco en la contaminación por plástico.

Mi rol era coordinar los muestreos y mediciones a bordo, y estar en contacto con todos los científicos a quienes les habíamos ofrecido esta oportunidad para tomar muestras. Ellos nos habían pasado los materiales y los protocolos que teníamos que seguir, las hojas de registro, los instrumentos, y todo lo que fuera necesario. Yo tuve que traducir esos protocolos en pasos simples para toda la tripulación, mostrarles cómo hacerlo y coordinar y planificar cada día para efectivamente obtener las muestras y las mediciones. Fue un desafío gigante, en un principio yo no creía que me la pudiera. Yo había aprendido inglés viajando, para comunicarme, pero no era tan experta para manejar el idioma en el ámbito científico todavía, había leído bastante información científica sobre la contaminación por plástico en todo el mundo, pero no había estado con tantos de los autores de esos papers, ni directamente tomando muestras para sus estudios. Me acuerdo de que lo único que pensaba era: ya estoy en esta, me la puedo y me apasiona tanto el tema que le voy a dar no más.

Fue un año de infinito aprendizaje, en todo sentido. Aprendiendo sobre ciencia, sobre el plástico, aprendiendo sobre el océano y sobre navegación, profundizando mi relación con el océano. Me conocí mucho más a mí misma, desafié mis propios límites, desarrollé mi capacidad de observación, y desarrollé mucho la disciplina, que es algo 100% necesario en la navegación a vela, donde un detalle mínimo como una cuerda enrollada hacia el otro lado puede significar un problema gigante, y también súper necesaria en la investigación. Para mí, ni el colegio, ni la Universidad, ni nada me había logrado desarrollar la disciplina como la vela, yo siempre había tenido problemas de disciplina, desde chica por ser muy inquieta. Hoy sigo siendo inquieta, pero logro ser una inquieta disciplinada.

Junto al equipo de la Universidad Católica del Norte has investigado sobre la historia de las bolsas plásticas en Chile, ¿has identificado el momento en que se masificó tanto su uso? 

Si, el momento en que se masifica el uso de bolsas plásticas coincide con el momento en que ingresan los supermercados y centros comerciales a Chile. Comienza en las grandes ciudades, y en las zonas con mayor poder adquisitivo durante los 70s, fue aumentando durante los 80 y ya en los 90 los supermercados se encontraban esparcidos en todo Chile.

Cambiaron la dinámica de las compras y de llevar los productos a casa, además de cambiar los patrones de consumo: como les ofrecían a los consumidores la bolsa de manera gratuita, fueron generando un hábito en la ciudadanía. El uso de las bolsas ya no era una decisión consciente, sino que un hábito, y todos estábamos acostumbrados a recibir una bolsa plástica cuando íbamos a comprar, mientras que para el comercio era muy conveniente facilitar este servicio que tenía un bajo costo para ellos.

¿Crees que ganemos la batalla contra el plástico de un solo uso?, ¿por qué es importante?

Creo que sí, el plástico desechable es un símbolo de nuestro estilo de vida, nuestro sistema económico y nuestro consumismo, y creo que cada vez más gente se da cuenta que no podemos seguir así, que simplemente no da, la tierra no da a vasto para esos niveles de consumo, para este sistema económico lineal de infinito crecimiento. Siempre me agarro del ejemplo que muchos dan sobre el agujero en la capa de ozono: un día se pusieron de acuerdo, tuvieron voluntad política y simplemente dijeron que ya no se podían usar más aerosoles. Hoy la ciencia ha demostrado que el agujero en la capa de ozono se ha recuperado gracias a la reducción de aerosoles.

Para mí es falta voluntad política, hace falta que le tomen el peso al problema y que se regule más a las empresas. Si un día se dijera que en todo el mundo ya no se pueden usar más envases desechables, que los productores tienen que buscar una alternativa, que hay que cambiar el sistema de empacar y envasar. Porque se puede, antes se vivía sin el plástico y se puede volver a hacer, y no digo que haya que acabar con todo el plástico, pero sí con todo el plástico desechable. No podemos extraer recursos naturales no renovables que se demoran eras en formar para hacer productos que usaremos unos minutos y que quedarán para siempre en el ambiente. Simplemente no tiene lógica, somos inteligentes y somos capaces de darnos cuenta de lo que no nos hace bien ni a nosotros ni al planeta. Hay que pararlo, falta determinación.

  • Mujeres en ciencias

¿Cómo has vivido la brecha de género en la navegación y en la ciencia?

Ufff… en la ciencia veo esa brecha desde la educación escolar, donde no se incentivaba tanto a las mujeres a seguir carreras científicas, y donde los líderes y los grandes descubridores, es decir, los referentes y ejemplos que una tenía eran siempre hombres, siendo que hay millones de mujeres científicas brillantes que no han sido tan visibilizadas.

Cuando se trata de ir a terreno, sobre todo si es en lugares más remotos, o en el mar donde hay que remar o manejar alguna embarcación, siempre piensan que va a ser más complicado llevar mujeres; “mejor llevar hombres, son más sencillos, aguantan más las condiciones difíciles y tienen más fuerza si hay que remar o transportar instrumentos pesados”.

En la navegación sí que se nota. Para las expediciones más largas priman las mismas razones: “las mujeres son más complicadas”, o “no van a aguantar tanto tiempo mar adentro”, “no van a aguantar esas tormentas y vientos fuertes”, etc. Y en la vela específicamente, como hay que tirar cuerdas, y girar las manivelas, o subir el ancla, todo eso requiere fuerza, y siempre piensan que no vas a poder, cuando se trata de manejar el timón siempre piensan que los hombres son más hábiles. Y lo peor es que cuesta mucho que te den la oportunidad de demostrar que sí puedes, porque cuando uno está haciendo una maniobra en un velero cualquier error pequeño puede ser un gran desastre.

Es muy injusto. Yo siempre he sido bien puntuda, y les digo: OYE, ¡SÍ PUEDO! Pero no me gusta que sea así, tener que estar rogando que confíen en ti, obviamente eso hace que una se desenvuelva mucho más lento en ese ámbito.

¿Algún consejo final?

Cada plástico afecta, cada cambio de hábito suma, y cada cambio a nivel personal se puede contagiar y hacer colectivo. Cuando las acciones vienen desde el amor y la pasión, las cosas se van dando casi solas. No hay que preocuparse, hay que ocuparse.