Con más de diez años de trayectoria, Pamela Santibañez Ávila es una bióloga marina titulada de la Universidad Austral de Chile que se convirtió en la primera chilena en obtener la Fellowship Award 2018, beca que consiste en un financiamiento de US $15,000 para avanzar en su investigación antártica.

Santibañez, quien hasta hace poco se desempeñó como investigadora en el Instituto Antártico Chileno, es una experta en el estudio de testigos de hielo, ciencia que promete desentrañar las respuestas al cambio climático y del ecosistema que se han presentado en los últimos 20 mil años.

¿Cuándo comenzó su curiosidad por el mar?

Desde muy temprano, no podría estimar cuándo. Sin embargo, existe evidencia fotográfica que indica que a los 8 meses gateaba por la playa recogiendo piedritas y seleccionándolas. Soy chilota, nací en Achao, Isla de Quinchao, donde viví los primeros cinco años. Toda mi infancia y adolescencia la viví plenamente en Chiloé, rodeada de mar; de hecho, nuestra casa estaba muy cerca de la playa, lo que me permitía interactuar con el mar diariamente.

Por lo tanto, el mar siempre ha estado presente junto a mi curiosidad. Considero que la curiosidad es innata; no es que decida ser curiosa… ¡es que no lo puedo controlar! La ciencia en gran parte se basa en esa curiosidad incontrolable, en la necesidad de saber cuánto, cómo, cuándo de un tema en particular.

¿Cómo esa curiosidad la llevó a su trabajo actual?

La primera vez que tuve contacto con la nieve fue a los 13 años, en el camino hacia las faldas del volcán Osorno. Ese mismo año, nevó en Ancud, un evento poco usual para la ciudad.

Mi encuentro con el hielo fue más temprano, alrededor de los 9 años. Junto a mis hermanos, congelábamos agua en el refrigerador, en distintos tipos de envases, para ver y entender el efecto del aumento de volumen del agua al congelarse. Quebramos muchos frascos de jarabe y vasos, deformamos de maneras muy divertidas botellas y envases plásticos. Otra entretención era preparar helados de agua con jugo en polvo y observar el cambio de coloración producido por la segregación de los solutos disueltos, el “jugo”, ante la formación de hielo, la forma y distribución de las burbujas, y finalmente ver cómo se derretían.

Otro experimento era tratar de pegar la lengua en algo muy helado, típico de Chili Willi. Lo intentábamos dolorosamente, solo logramos replicarlo algunas veces, con ciertos materiales, pero no era fácil.

Esa curiosidad ante el hielo y la molécula de agua en general me llevaron casualmente a mi trabajo actual. Un día, mientras hacia papeleos en la Escuela de Biología Marina en la UACH, en el diario mural aparecía publicada una oferta de tesis de pregrado, que decía: se busca tesista para analizar microalgas en testigos de neviza/hielo del volcán Mocho-Choshuenco y Osorno. Aunque recién había comenzado otra tesis, esa curiosidad incontrolable, el apoyo de mis profesores, y los recuerdos de jugar con hielo fueron tan fuertes, que aquí estamos.

¿Cuál es el mayor desafío que ha tenido siguiendo una carrera relacionada a las ciencias del mar?

Los desafíos que he tenido están más relacionados al hacer ciencias en general. Podríamos decir que hay desafíos personales, familiares y laborales. Quizá los más relevantes son, el inglés, competir por recursos escasos, ser mujer, el balance entre vida familiar y el trabajo, el machismo, ser de provincia, las condiciones de trabajo, y cultivar la tolerancia a la frustración.

Dentro de los personales-laborales, el hablar inglés fue todo un tema, entre la vergüenza y trancas del chileno, el nivel de inglés en liceo público de la Isla de Chiloé en los 90, y mi acento chilote cantadito. Pero es la lengua de las ciencias y es un desafío para todos los científicos que no tienen inglés como lengua materna.

Dentro de los desafíos laborales, es constante el competir por recursos, lo que me incomoda. Todos sabemos que la inversión en ciencia en Chile es muy baja; se cree que es un gasto. Competir es incómodo porque todas las ciencias son necesarias para solucionar los problemas que nos afectan.

Un desafío personal es mantener el balance entre el trabajo y la vida familiar: para una mujer en ciencia es definitivamente complejo poder tener una familia, y si a eso le sumamos la competencia, es fácil tentarse y ceder tiempos familiares y olvidar el balance. Muchos factores tienen que funcionar positivamente para que se pueda formar familia.

Por ejemplo, en mi caso, mi marido me ha apoyado 100% en todos los movimientos y más aún ha asumido con las tareas de la casa, además he tenido muy buenos mentores, tanto en Chile como en EEUU, preocupados por el balance entre el trabajo y la vida personal. Por otro lado, mis familiares han estado siempre apoyando; sin una red familiar potente no se puede.

Otro desafío son las condiciones laborales en ciencias, en donde se cree que los sacrificios personales son inherentes a las ciencias, estas condiciones laborales afectan tanto a las mujeres como a los hombres, pero no tener derecho a pre o post natal con el sistema de honorarios obviamente aumenta la desventaja para que las mujeres, y la realidad en Chile es que recién tendrás un contrato entre los 36 – 42 años, lo que no acompaña con la biología reproductiva humana.

Siempre van a existir desafíos en todo orden de cosas y trabajos, solo observo que en Chile hay alta capacidad intelectual para solucionar problemas, sin embargo los chilenos no nos creemos el cuento, y los científicos invierten un tiempo importante en solucionar problemas no relacionados con el trabajo en sí, como por ejemplo problemas administrativos o competir por recursos escasos.

¿Su mayor alegría profesional?

Muchas. Los descubrimientos; los experimentos que resultan sin que ningún equipo se arruine; trabajar en equipos donde se discuten las ideas y se planean proyectos; analizar e interpretar datos; planear experimentos; enseñar y escuchar que aplican lo que enseñaste; divulgar lo fascinante de la ciencia sobre todo a los niños y jóvenes; obtener financiamiento; contestar preguntas con un diseño experimental que planeaste por meses; arreglar equipos en un tiempo relativamente corto; el trabajo de campo; derretir hielo, analizar muestras antiguas; observar cómo funciona la naturaleza, sus interacciones, y todas esas conexiones que no notamos hasta que estamos inmersos; observar patrones y tratar de explicarlos; leer un buen paper; y que entiendan mis ideas y surjan ideas colectivas.

En pocas palabras, ¿en qué consiste la Biología del Hielo y cómo esta ciencia se relaciona con el estudio del cambio climático?

Por mucho tiempo se pensó que el hielo, la nieve, no podrían albergar vida, se asumió que ese color blanco de la nieve, o esa transparencia del hielo, indicaba algo completamente “limpio”. Además, las condiciones de temperatura bajo cero en el hielo o nieve tampoco permitían pensar que existiera vida en él. Sin embargo, no porque algo sea blanco o transparente significa que esta carente de microorganismos.

Así, la biología de hielo es estudiar el hielo desde el punto de vista biológico, estudiar los microorganismos que habitan y/o están guardados y/o han sido depositados en el hielo, nieve, neviza, hielo marino, etc.

El estudio del componente congelado de la tierra – la criósfera – fue primero colonizado por físicos, glaciólogos, luego químicos y solo recientemente por biólogos.

La criósfera nos ofrece la oportunidad de investigar organismos que viven en ambientes extremos, los límites de la vida y sus usos biotecnológicos, estudiar las interacciones entre microorganismos y ecosistemas polares, formular hipótesis en astrobiología, pero además constituye una valiosa fuente de archivos de microorganismos pasados. Y he aquí la relación con el cambio climático, y a la cual está enfocada mi investigación. 

Como los microorganismos procariotas (arqueas y bacterias) son los más abundantes en número y en masa en el planeta, son los más diversos metabólicamente y son componentes claves de los ciclos biogeoquímicos, de hecho por eso son llamados los “Bioingenieros de la vida en la Tierra”. Sin ellos, nosotros no nos podemos construir; nuestra vida depende de ellas.

Entender las relaciones entre procariotas y clima nos permite medir el impacto de los cambios ambientales y climáticos en las funciones ecosistémicas que nos proveen las comunidades de microorganismos, pero a su vez, entender la retroalimentación al sistema climático de sus funciones microbianas. Y como nuestro estudio lo demuestra, uno de los pocos lugares en donde podemos observar los cambios de comunidades microbianas a largas escalas temporales – escalas temporales a las cuales ocurren cambios climáticos y procesos medioambientales- es en glaciares y casquetes polares que han acumulado microorganismos a través del tiempo.

¿Qué son los llamados «testigo de hielo»?

Un testigo de hielo es un cilindro de hielo que se extrae preferentemente desde la zona de acumulación de un glaciar o casquete polar, desde la superficie de este hasta donde lo permita el taladro que se ocupe, pero idealmente hasta el fondo rocoso.

Debido a que la nieve se acumula en esa zona anualmente, la nieve depositada en años más recientes está en la superficie y la nieve más antigua va quedando en lo profundo sepultada por las capas más nuevas. Existen testigos de hielo someros (hasta ~30 m), cortos (hasta ~300 m) y profundos (~3000 m), dependiendo de la profundidad que alcancen.

Estos testigos de hielo tienen propiedades físicas y componentes químicos y biológicos a lo largo del cilindro que permiten describir el medioambiente y clima pasados. El más antiguo fue obtenido en Antártica y comprende los últimos 800.000 años.

Desde los testigos de hielo podemos obtener información pasada de: los aerosoles (solubles e insolubles); la molécula de agua, que a través de sus componentes, nos entrega datos de la temperatura al momento de la formación de nieve; y las burbujas de aire encapsuladas en el hielo, que nos entregan información de las concentraciones atmosféricas del pasado, siendo esta última una de los observaciones más importantes, ya que los testigos de hielo son el único registro directo de las concentraciones atmosféricas pasadas en la Tierra.

 

¿Qué ha significado para usted ser la primera científica chilena en obtener el Fellowship Awards 2018?
Felicidad y tranquilidad, sobre todo porque apuestan por la investigación que estamos realizando a nivel internacional, es decir, entienden su impacto, lo que es reconfortante por los desafíos y complicaciones que hay en el camino.

¿De qué se trata la investigación que realizará con el Fellowship Awards 2018?

Durante el doctorado en Montana State Univeristy, uno de los objetivos fue desarrollar un protocolo que nos permitiese cuantificar células procariotas de una manera limpia, rápida, robusta y eficiente en testigos de hielo profundo. Lo logramos: el 2016 publicamos la metodología y el 2018 publicamos el primer registro de células procariotas desde un testigo de hielo profundo del lado Oeste de Antárctica (WAIS Divide ice core) que abarca desde el Último Máximo Glacial hasta el Holoceno temprano (entre 27.000 y 9600 años antes del presente).

Gracias a ese registro, sabemos que la concentración de “los Bioingenieros de la vida en la Tierra” respondieron a los cambios climáticos durante ese periodo, y que muestran ciclos de 1500 años, los que están relacionados con los aerosoles de origen marino y los cambios que ocurrieron a nivel regional en la masa de hielo del lado oeste de Antártica.

Ahora, estamos ocupando el mismo método para describir otros testigos de hielo profundo disponibles en el Desert Research Institute y estamos desarrollando un protocolo a nivel molecular para describir la comunidad microbiana archivada en los hielos al nivel funcional.

Al comenzar su carrera, ¿tuvo algún modelo femenino científico a seguir?

La primera, mi madre. Aunque no es científica, ocupa el método científico, y siempre apoyó mis experimentos caseros y trataba que nuestros acuarios funcionen. Luego, mi profesora de Ciencias Naturales de enseñanza básica y del taller de educación ambiental, la Sra. Petronila Yáñez (Sra. Peta). Ella me enseño la pasión y el humor en el trabajo, el amor por la naturaleza y su contemplación, el uso del método científico para descifrar “enigmas” que ocurrían en el laboratorio y no otorgarlos al “fantasma Gregorio”, y lo necesario de la conservación y la educación; me considero privilegiada de haber sido su alumna.

Después, mientras estudiaba el pregrado, en el Instituto de Biología Marina solo había una científica, la Dra. Elena Clasing, también apasionada por su trabajo, de buen humor, que irradiaba felicidad y pasión por el quehacer científico. Que fuese la única mujer científica en el Instituto, durante mi periodo universitario, me mostró lo difícil que sería ser científica en un ambiente mayoritariamente masculino… pero se podía: ella lo hacía.

En su opinión, ¿existen brechas de género en las ciencias del mar?

Como ocurre en Chile y el mundo, las brechas de género también están presentes en las ciencias del mar.

Si estuviera frente a una adolescente interesada en comenzar una carrera en ciencias del mar, ¿qué consejos le daría?

Sería lo más sincera posible y le indicaría lo bueno y malo, los defectos y virtudes, de la carrera científica. Le preguntaría cuál es su proyección y discutiríamos los desafíos planteados anteriormente. Si piensa o siente que esos desafíos y complicaciones están en línea con su plan, obviamente la apoyaría. Sin embargo, reconozco que soy un tanto positiva y mi visión es sesgada, me cuesta ser objetiva porque me gusta lo que hago, pero siempre intento ser sincera y decirles que conversen con otras personas y escuchen otras opiniones y vivencias.

Para elegir algo importante en la vida, tenemos que estar conscientes de que nada es perfecto, que todo tiene su lado malo y su lado bueno. Además, la vida no se trata solo del trabajo o de la profesión; se puede apoyar a la ciencia desde muchos frentes y uno de esos es estar informados.

 

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